Capítulo en español de Jon Nieve de Danza de Dragones
DANZA DE DRAGONES


Danza de Dragones

Un Capítulo en español de Jon Snow


 

 

 Danza de Dragones -  Un capítulo en español   


JON SNOW

JON NIEVE (JON SNOW)

NOTA:  Capítulo extenso, ocupa 2 páginas.




Parte 1 - Parte 2  

   Un lobo blanco avanzaba por un bosque negro, bajo un acantilado alto como el cielo. La luna corría con él, escondiéndose entre una maraña de ramas desnudas a lo alto, a través del cielo estrellado. 
  -Nieve - susurró la luna. 
El lobo no respondió. La nieve crujía bajo sus pezuñas, el viento susurraba entre los árboles. Y a lo lejos podía oír a sus compañeros de camada llamándolo, de igual a igual. 
También estaban cazando. Una lluvia salvaje caía sobre su hermano negro mientras desgarraba la carne de un macho cabrío enorme, lavándole la sangre del costado, donde el largo cuerno del macho lo había herido. En otro lugar, su hermana pequeña levantaba la cabeza aullando a la luna y un millar de primos grises y pequeños detenían su caza para aullar con ella. Las colinas allí eran más cálidas y llenas de ganado. A menudo la manada de su hermana se atiborraba con la carne de ovejas y vacas y caballos, las presas del hombre, y a veces hasta con la carne del propio hombre. 
  -Nieve - insistió la luna. 
El lobo blanco siguió un camino abierto por el hombre bajo el acantilado de hielo. Tenía en la boca sabor a sangre, hueso y tendón, y en sus orejas sonaba la canción de un centenar de primos, pero había perdido a su otro hermano, el de pelaje gris y olor a verano. Al principio eran seis, cinco gimoteando ciegos en la nieve junto al cadáver de la madre y él solo, el albino, gateando hacia los árboles sobre piernas temblorosas mientras sus hermanos de camada mamaban leche fría de los pezones endurecidos por la muerte. Ahora sólo quedaban cuatro de los seis nacidos ese día, y uno de ellos estaba perdido. 
  -Nieve - insistió la luna. 
El lobo blanco huyó de ella, una flecha blanca volando más allá del hielo, corriendo hacia la caverna de noche donde el sol se había escondido, el aliento congelándose en el aire. En las noches sin estrellas el enorme acantilado era negro como la piedra, una alta torre de oscuridad a lo alto del ancho mundo, pero cuando salía la luna relucía pálido y helado como un arroyo helado. El pelaje del lobo era espeso y enmarañado, pero cuando el viento soplaba desde el hielo no había piel que pudiese alejar el frío. Y el lobo sentía que en el otro lado el viento era aún más frío. Allí estaba su hermano, el hermano gris que olía a verano. 
  -Nieve - un carámbano cayó de una rama. El lobo blanco se giró hacia el sonido y le enseñó los dientes. 
  -¡Nieve!
El pelaje se le erizó cuando el bosque se disolvió a su alrededor. 
  -Nieve, nieve, nieve.
Los gritos iban acompañados por un batir de alas. Un cuervo voló a través de la penumbra. 
Se posó en el pecho de Jon con un chirrido de sus garras. 
  -¡Nieve! - le gritó en la cara, batiendo las alas. 
  -Ya te he oído. 
La habitación estaba en penumbra, el jergón duro. Una luz grisácea se filtraba por los postigos con la promesa de otro lóbrego día frío. En los sueños de lobo siempre era de noche. 
  -¿Así es como despertabas a Mormont? Quítame las plumas de la cara. 
Jon sacó un brazo de debajo de las mantas para espantar al cuervo. Era un pájaro grande, viejo, osado y desaliñado que ya no le tenía miedo. 
  -Nieve - graznó, aleteando hacia el poste de la cama -. Nieve, nieve. 
Jon le lanzó una almohada, pero el cuervo se puso a volar. La almohada chocó contra la pared y se reventó, esparciendo el relleno por todas partes justo cuando Edd el Penas asomaba la cabeza por la puerta. 
  -Con permiso - dijo el mayordomo, ignorando el aleteo de las plumas -, ¿desea mi señor que le traiga algo para desayunar? 
  -Maíz - graznó el cuervo -. Maíz, maíz. 
  -Cuervo asado - sugirió Jon-. Y media pinta de cerveza. 
  -Tres de maíz y un cuervo asado - dijo Edd -. Muy bien, mi señor, sólo que esta mañana Hobb ha preparado huevos hervidos, morcilla y manzanas rellenas con ciruelas. Las manzanas rellenas con ciruelas son excelentes, excepto por las ciruelas. Yo nunca como ciruelas. Bueno, hubo una vez en que Hobb las picó con nueces y zanahorias y las escondió en una gallina. Nunca confiéis en un cocinero, mi señor. Os ciruelarán cuando menos lo esperéis. 
  -Luego. - El desayuno podía esperar; Stannis no.- ¿Algún problema en los calabozos esta noche? 
  -No desde que pusisteis guardias a los guardias, mi señor. 
  -Bien.
Habían situado a un millar de salvajes más allá del Muro, los prisioneros que Stannis Baratheon había tomado cuando sus caballeros aplastaron a la hueste de Mance Ryder. Muchos de los prisiones eran mujeres, y algunos de los guardias habían estado sacándolas a hurtadillas para que les calentasen el lecho. Hombres del rey, hombres de la reina, no importaba la diferencia; algunos hermanos negros habían intentado lo mismo. Los hombres eran hombres, y ésas eran las únicas mujeres en un millar de leguas. 
  -Dos salvajes más han venido para rendirse - siguió Edd -. Una madre con una niña tomada de sus faldas. También llevaba un niño envuelto en pieles, pero estaba muerto. 
  -Muerto - dijo el cuervo del Viejo Oso. Era una de sus palabras preferidas. - Muerto, muerto, muerto. 
Casi cada noche venía gente del pueblo libre, criaturas hambrientas y medio heladas que habían huido del combate bajo el Muro sólo para darse cuenta de que no tenían lugar al que huir. 
  -¿Se interrogó a la madre? - preguntó Jon. Stannis Baratheon había esparcido la hueste de Mance Rayder en trozos y capturado al Rey-más-allá-del-Muro... pero los salvajes aún estaban ahí fuera, el Llorón y Tormund Matagigantes y miles más. 
  -Sí, mi señor - dijo Edd -, pero todo lo que sabe es que huyó durante la batalla y que luego se escondió en los bosques. La llenamos de gachas y la enviamos a los corrales, y quemamos al crío. 
Quemar niños muertos había dejado de preocupar a Jon Nieve; los vivos eran otro tema. Dos reyes para levantar al dragón, recordó. Primero el padre y luego el hijo, así ambos morirían siendo reyes. Uno de los hombres de la reina había murmurado esas palabras mientras el Maestre Aemon le limpiaba las heridas tras la batalla. Jon se había horrorizado cuando se las repitieron. 
  -Era la fiebre hablando por él - dijo, pero el Maestreo Aemon objetó. 
  -Hay poder en la sangre de un rey, Jon - le avisó -, y hombres mejores que Stannis han hecho cosas peores. 
Puede que el rey fuese duro e incapaz de perdonar, sí, pero ¿un bebé que aún mamaba? Sólo un monstruo arrojaría a un niño vivo a las llamas. 
  Meó en la oscuridad, llenando la escudilla mientras el cuervo del Viejo Oso mascullaba quejas. Los sueños de lobo se habían vuelto más fuertes, y Jon se encontraba recordándolos incluso despierto. Fantasma sabía que Viento Gris estaba muerto. Robb había muerto en Los Gemelos, traicionado por hombres a los que consideraba amigos, y Viento Gris había muerto con él. Bran y Rickon también habían sido asesinados, decapitados por ese cambiacapas de Theon Greyjoy... pero si los sueños no mentían, sus lobos huargo habían escapado. En Cruce de la Reina, uno había salido de la oscuridad y le había salvado la vida a Jon. Verano, debía de ser. Su pelaje es gris, y el de Peludo es negro. Se preguntó si alguna parte de sus hermanos muertos viviría aún en sus lobos. 
Jon llenó la pila con el jarrón de agua que había junto a la cama, se lavó la cara y las manos, se puso un conjunto de prendas de lana negras, se abrochó un chaleco negro y se puso un par de botas de buena calidad. El cuervo de Mormont miraba con ojos negros y atentos, luego revoloteó hasta la ventana. 
  -¿Te crees que soy tu esclavo? - le preguntó Jon. 
Cuando abrió la ventana, con los gruesos paneles de cristal amarillo en forma de diamantes, el frío de la mañana le golpeó en la cara. Respiró hondo para quitarse las telarañas de la noche mientras el cuervo aleteaba. El pájaro es demasiado listo. Había sido el compañero del Viejo Oso durante muchos años, pero eso no le había impedido comerse la cara de Mormont cuando murió. 
Fuera de su dormitorio un tramo de escalones descendía a una habitación mayor amueblada con madera de pino marcada y una docena de sillas de roble y cuero. Con Stannis en la Torre del Rey y la Torre del Comandante quemada hasta los cimientos, Jon se había establecido en las modestas habitaciones de Donal Noye tras la armería. 
  El pergamino que el rey le había traído para que lo firmase estaba en la mesa bajo una copa de plata que había pertenecido a Donal Noye. El herrero de un solo brazo había dejado pocos efectos personales: la copa, seis peniques y una estrella de cobre, un broche de níquel con el cierre roto y un brocado con el venado de Bastión de Tormentas que olía a humedad. Sus herramientas habían sido su tesoro, y las espadas y cuchillos que hizo. Su vida estaba en la forja. Jon apartó la copa y leyó el pergamino de nuevo. Si pongo mi sello en él, siempre seré recordado como el Lord Comandante que entregó el Muro, pensó, pero si me niego... 
  Stannis Barathen se estaba convirtiendo en un huésped irritable, y además incansable. Había cabalgado por el Camino Real al menos hasta la Corona de la Reina, merodeado por los cobertizos vacíos de Mole's Town, inspeccionado los castillos en ruinas de la Puerta de la Reina y el Escudo de Roble. Cada noche caminaba por lo alto del Muro con Lady Melisandre, y durante el día visitaba los calabozos escogiendo prisioneros para que la mujer roja los interrogase. No le gusta que le desafíen. No va a ser una mañana agradable, se temía Jon. 
  De la armería llegaba el estruendo de escudos y espadas mientras los últimos muchachos y reclutas novatos se armaban. Podía oír la voz de Férreo Emmet diciéndoles que se diesen prisa. A Cotter Pyke no le había gustado perderlo, pero el joven explorador tenía un don para entrenar hombres. Le encanta luchar, y hará que a esos muchachos también les encante. O eso esperaba. 
  La capa de Jon colgaba de una clavija en la puerta, el cinturón de la espada de otra. Se abrochó las dos y salió de la armería. Vio que la alfombrilla sobre la que dormía Fantasma estaba vacía. Dos guardias permanecían junto a las puertas con capas negras, yelmos de hierro y lanzas en las manos. 
  -¿Desea mi señor una escolta? - preguntó Garse. 
  -Creo que puedo encontrar la Torre del Rey yo solo. 
Jon odiaba tener guardias siguiéndolo dondequiera que fuese. Lo hacía sentir como una madre pato dirigiendo una procesión de patitos. 
  Los muchachos de Férreo Emmet se estaban entrenando cuando Jon salió, espadas romas golpeando escudos y repicando unas contra otras. Jon se detuvo para contemplar un momento mientras Caballo hacía retroceder a Brincos Robin hacía el pozo. Caballo tenía las maneras de un buen guerrero, decidió. Era fuerte y se estaba volviendo más fuerte aún, y tenía el instinto afinado. Brincos Robin era otro tema. Su juego de pies ya era lo bastante malo, pero además tenía miedo de ser golpeado. Tal vez podamos convertirlo en un mayordomo. La batalla acabó de golpe, con Brincos Robin en el suelo. 
  -Buen combate - le dijo Jon a Caballo -, pero bajas demasiado el escudo cuando atacas. Más vale que lo corrijas, o hará que te maten. 
  -Sí, mi señor. Lo mantendré en alto la próxima vez. 
Caballo levantó a Brincos Robin y el muchacho hizo una tosca reverencia. 
  Unos cuantos caballeros de Stannis también se estaban entrenando al otro lado del campo. Hombres del rey a un lado y hombres de la reina al otro, se dio cuenta Jon, pero sólo unos pocos. Hace demasiado frío para la mayoría de ellos. Mientras Jon pasaba a su lado, una voz potente gritó tras él. 
-  ¡Muchacho! ¡Tú, ese de ahí! ¡Muchacho!
Muchacho no era lo peor que le habían dicho desde que fue elegido Lord Comandante. Lo ignoró. 
  -Nieve - insistió la voz -, Lord Comandante. 
Esta vez se detuvo y se giró. 
  -¿Ser? 
El caballero le sacaba seis pulgadas.
  -Un hombre que lleva acero valyriano debería usarlo para algo más que rascarse el culo. 
Jon había visto a éste por el castillo: un caballero de gran renombre, según él mismo contaba. Durante la batalla bajo el Muro, Ser Godry Farring había matado a un gigante que huía, corriendo tras él a caballo y clavándole la lanza por la espalda, luego desmontando para cortar la cabeza lastimosamente pequeña de la criatura. Los hombres de la reina habían empezado a llamarlo Godry el Matagigantes. Cada vez que lo oía, Jon recordaba a Ygrittete, gritando: "Soy el último de los gigantes". 
  -Uso la Garra cuando tengo que hacerlo, Ser. 
  -¿Cómo de bien, sin embargo? - Ser Godry desenvainó su propia espada.- Enséñamelo. Prometo no herirte, muchacho. 
  Qué amable por tu parte, pensó Jon. 
  -Tal vez en otro momento. Me temo que debo atender otros asuntos ahora. 
  -Teméis. Eso lo veo. - Ser Godry miró a sus amigos sonriendo burlonamente- Se teme - repitió, para los más lentos. 
  -Si me excusáis - Jon le dio la espalda. 
  El Castillo Negro parecía un lugar lóbrego e inhóspito bajo la pálida luz del alba. Mi dominio, reflexionó tristemente Jon Nieve, tanto una ruina como una fortaleza. La Torre del Lord Comandante era un armazón, la Sala Común una pila de vigas ennegrecidas y la Torre de Hardin parecía a punto de ser derrumbada por la próxima ráfaga de viento... aunque lo había parecido durante muchos años. Tras ellas el Muro se elevaba enorme y pálido. Incluso a esta hora estaba atestado de hombres, constructores elevando una nueva escalera para unirla a lo que quedaba de la anterior. Othell Yarwyck había dado prioridad absoluta a la tarea, y trabajaban del alba al anochecer. Sin la escalera no había forma de alcanzar lo alto del Muro salvo por el cabestrante, y no serviría si los salvajes atacaban de nuevo. 
  Por encima de la Torre del Rey, el gran estandarte dorado de batalla de la Casa Baratheon ondeaba como un látigo sobre el tejado donde Jon Nieve había merodeado con un arco en la mano no hacía demasiado, matando thennos y gente del pueblo libre junto a Seda y Deaf Dick Follard.     Dos hombres de la reina permanecían temblando en los escalones, las manos metidas en las pecheras y las lanzas apoyadas sobre las puertas. 
  -Esos guantes de ropa no os servirán - les dijo Jon -. Acudid a Bowen Marsh por la mañana y os dará a cada uno un par de guantes de cuero revestidos de piel. 
  -Lo haremos, mi señor, y gracias - dijo el mayor de los guardias. 
  -Eso si nuestras malditas manos no están congeladas - añadió el joven, su aliento una nube pálida -. Solía creer que hacía frío en las Marcas Dornianas. ¿Qué sabía yo? 
  Nada, pensó Jon, igual que yo
A medio camino de los escalones encontró a Samwell Tarly, cabizbajo. 
  -¿Vienes de ver al Rey? - le preguntó Jon. 
  -El Maestre Aemon me envió con una carta - asintió Sam. 
  -Ya veo. -Algunos señores confiaban en sus maestres para leer las cartas y transmitirles las noticias, pero Stannis insistía en romper los sellos él mismo. - ¿Cómo se lo ha tomado Stannis? 
  -No estaba contento, por su cara. - Sam redujo la voz hasta un susurro. - Se supone que no debo hablar de ello. 
  -Entonces no lo hagas. - Jon se preguntó cuál de los hombres de su padre se habría negado a rendirle homenaje a Stannis esta vez. Se dio mucha prisa en hacer correr la voz cuando Karhold se declaró a su favor. -¿Cómo vais tú y tu arco? 
  -Encontré un buen libro sobre arquería - dijo el joven gordo -, pero hacerlo es más difícil. Me salen ampollas. 
  -Sigue con ello. Podríamos necesitar tu arco en el Muro si los Otros aparecen alguna noche oscura. 
  -Oh, espero que no - dijo Sam, estremeciéndose. 
  Jon encontró más guardias fuera del solar del rey. 
  -No se permiten armas en presencia de Su Majestad, mi señor - dijo su sargento -. Necesito que me deis esa espada. También vuestras dagas. 
Jon sabía que no serviría de nada protestar. Les dio sus armas. 
  Dentro del solar el ambiente era más cálido. Lady Melisandre estaba sentada junto al fuego, su rubí brillando sobre la pálida piel de la garganta. Ygritte había sido besada por el fuego; la sacerdotisa roja era fuego, y su pelo sangre y llama. Stannis permanecía tras la basta mesa de piedra donde el Viejo Oso acostumbraba a sentarse para comer. Un mapa grande del norte pintado sobre un trozo de cuero arrugado cubría la mesa. Una vela de sebo sostenía una de sus puntas, un guantelete de acero la otra. 
  El rey vestía pantalones de montar de lana de cordero y un jubón acolchado, aunque de algún modo parecía tan rígido e incómodo como si llevase placas y cota de malla. Su piel era cuero pálido, su barba rasurada tan corta que parecía pintada. Todo lo que quedaba de su pelo negro era un flequillo sobre las sienes. En las manos tenía un pergamino con un sello roto de cera verde oscura. 
  Jon se arrodilló. El rey frunció el ceño ante él y arrugó el pergamino con ira. 
  -Alzaos. Decidme, ¿quién es Lyanna Mormont? 
  -Una de las hijas de Lady Maege. Señor. La más joven. La llamaron así por la hermana de mi padre. 
  -Para ganarse el favor de vuestro padre, no lo dudo. ¿Cuántos años tiene esa maldita criatura? 
Jon tuvo que pensarlo unos instantes. 
  -Diez. O lo bastante cerca como para que no importe. ¿Puedo saber cómo os ha ofendido, Su Majestad? 
  Stannis leyó de la carta: 
  -"La Isla del Oso no conoce a ningún rey salvo el Rey del Norte, cuyo nombre es Stark." Una niña de diez años, decís, y presume de regañar a su legítimo rey. - Su barba tan rasurada parecía una sombra sobre sus mejillas. - Aseguraos de mantener esta corriente en silencio, Lord Nieve. Karhold está conmigo, eso es todo lo que la gente necesita saber. No quiero que vuestros hermanos intercambien cuentos sobre cómo esta niña me escupe. 
  -Como ordenéis, señor. 
  Maege Mormont había cabalgado al sur con Robb, Jon lo sabía. Su hija mayor también se había unido a la hueste del Joven Lobo. Incluso aunque ambas hubiesen muerto, sin embargo, Lady Maege tenía otras hijas, más jóvenes que Dacey pero mayores que Lyanna. No entendía por qué era la más joven de las Mormont quien escribía a Stannis, y parte de él no podía evitar plantearse si la respuesta de la niña hubiese sido diferente si la carta hubiese llevado el sello del lobo huargo en vez del venado coronado, y firmada por Jon Stark, Lord de Invernalia. Es demasiado tarde para esas dudas, se recordó a sí mismo. Hiciste tu elección. 
  -Se han enviado dos cuervos - se quejó amargamente el rey -, pero no obtenemos otra respuesta que silencio y desafío. Rendir homenaje es el deber de todo siervo leal debe para su rey. Pero los abanderados de vuestro padre me dan la espalda, salvo los Karstark. ¿Es Arnold Karstark el único hombre de honor en el norte? 
  Arnold Karstark era el tío del difunto Lord Rickard. Había sido nombrado castellano de Karhold cuando su sobrino y sus hijos fueron al sur con Robb, y había sido el primero en enviar un cuervo en respuesta a la petición de pleitesía de Stannis, declarando su alianza. Los Karstark no tenían otra opción, podía haber señalado Jon. Lord Rickard Karstark había traicionado al lobo huargo y derramado la sangre de los leones. El venado era la única esperanza de Karhold, y Stannis lo sabía tan bien como Jon. 
  -En tiempos tan confusos como éstos incluso los hombres de honor deben plantearse dónde está su deber. - le dijo al rey- . Su Majestad no es el único rey que pide obediencia. 
  -Decidme, Lord Nieve - dijo Lady Melisandre -, ¿dónde estaban esos otros reyes mientras los salvajes asediaban vuestro Muro? 
  -A un millar de leguas de aquí, y sordos a nuestra necesidad. No he olvidado eso. Ni lo haré. Pero los vasallos de mi padre tienen esposas e hijos que proteger, y un pueblo que morirá si se equivocan al escoger. Les pedís demasiado, señor. Dadles tiempo, y tendréis sus respuestas. 
  -¿Respuestas como ésta? - Stannis arrugó la carta de Lyanna en su puño. 
  -Hasta en el norte los hombre temen la ira de Tywin Lannister - dijo Jon -. Los Bolton también son un terrible enemigo. No es casualidad que dibujasen un hombre desollado en su estandarte. El norte cabalgó con Robb, sangró con él, murió por él. Han comido pena y muerte, y ahora llegáis vos a ofrecerles otro plato. ¿Los culpáis porque se echen atrás? Perdonadme, Alteza, pero algunos os mirarán y sólo verán otro maldito pretendiente. 
  -Si Su Majestad está condenado, vuestro reino también lo está - dijo Lady Melisandre -. Recordadlo, Lord Nieve. Es el único rey verdadero de Poniente quien se alza ante vos. 
Jon convirtió su cara en una máscara. 
  -Como digáis, mi señora. 
  -Gastáis vuestras palabras como si cada una fuese un dragón dorado - resopló Stannis -. Me pregunto cuánto oro os queda. 
  -¿Oro? -¿Son ésos los dragones que la mujer roja pretende invocar? ¿Dragones de oro? - Los impuestos que recaudamos son en especies, Su Majestad. La Guardia es rica en nabos, pero pobre en monedas. 
  -Los nabos no contentarán a Salladhor Saan. Necesito oro o plata. 
  -Para eso necesitáis Puerto Blanco. La ciudad no puede compararse con Ciudadela o Desembarco del Rey, pero aun así es un puerto próspero. Lord Manderly es el más rico de los abanderados de mi padre. 
  -Lord-demasiado-gordo-para-montar-a-caballo. La carta que Lord Wyman Manderly había enviado desde Puerto Blanco hablaba de su edad y su dolencia, y poco más. Stannis le había ordenado a Jon que tampoco hablase de eso. 
  -Tal vez al señor le apetecería como esposa una mujer salvaje - sugirió Lady Melisandre -. ¿Este hombre gordo está casado, Lord Nieve? 
  -Hace tiempo que su esposa murió. Lord Wyman tiene dos hijos adultos, y nietos por parte del mayor. Y está demasiado gordo para montar a caballo, 150 kilos, al menos. Val nunca lo aceptará. 
  -Sólo por una vez podríais intentar darme una respuesta que me satisfaga, Lord Nieve - refunfuñó el rey. 





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