Capítulos en español del libro Danza de Dragones
Danza de Dragones

Danza de Dragones 

Canción de Hielo y Fuego


 
 


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En ésta página encontrarás dos fragmentos de 2 capítulos de Danza de Dragones:
DAENERYS y JON. 

Todos los Capítulos o Reseñas, como las imágenes que aquí aparezcan, son una recopilación de Internet.

(¡Spoilers, obviamente!)



DAENERYS  

El dragón describió un círculo por encima de ellos, una silueta oscura que se recortaba en el cielo iluminado por el sol. Tenía las escamas negras, y los ojos, los cuernos y la columna, rojos como la sangre. Siempre había sido el mayor de los tres, pero en libertad había crecido más todavía. Las alas, negras como el azabache, tenían una envergadura de ocho varas. Las batió una vez mientras sobrevolaba el reñidero, y el sonido fue atronador. El jabalí levantó la cabeza con un gruñido... y el fuego lo envolvió con llamas rojinegras. Dany sintió la oleada de calor a once pasos de distancia. Los alaridos de agonía del animal parecían casi humanos. Drogon aterrizó sobre los despojos y hundió las garras en la carne humeante; cuando se puso a comer, no hizo distinción entre Barsena y el jabalí.
—¡Por todos los dioses! —gimió Reznak—. ¡Se la está comiendo! —El senescal se tapó la boca. Belwas el Fuerte profirió unas ruidosas arcadas. Una singular mirada cruzó el rostro alargado y pálido de Hizdahr zo Loraq: en parte miedo, en parte lujuria y en parte éxtasis; se humedeció los labios. Dany alcanzaba a ver a los Pahl subiendo en tropel por la escalera, agarrándose el tokar y tropezando con los flecos en su prisa por alejarse. Un hombre quiso hacerse el héroe. Se trataba de uno de los lanceros que habían salido a por el jabalí. Quizá estuviera borracho, o loco; quizá estuviera enamorado de Barsena Pelonegro en secreto, o hubiera oído rumores sobre la pequeña Hazzea; quizá solo fuera un hombre normal que soñaba con que los bardos cantasen sobre él. Se lanzó hacia delante, espontón en mano, levantando arena roja con los pies, y las gradas prorrumpieron en gritos. Drogon alzó la cabeza, con los dientes chorreantes de sangre. El héroe se encaramó a su espalda de un brinco y clavó la punta de hierro del espontón en la base del cuello largo y escamoso del dragón. Dany y Drogon gritaron al unísono. El héroe se apoyó en la lanza y utilizó su peso para hundir más la punta. Drogon se arqueó hacia arriba con un siseo de dolor y movió la cola como un látigo. Dany lo vio girar la cabeza, que remataba el largo cuello sinuoso, y desplegar las alas negras. El matadragones perdió pie y cayó en la arena; cuando intentó incorporarse, los dientes del dragón se le cerraron firmemente en tomo al antebrazo. —¡No! —fue todo lo que alcanzó a gritar. Drogon le arrancó el brazo y lo arrojó a un lado, como un perro a un roedor en un reñidero de ratas. 
—Matadlo —gritó Hizdahr zo Loraq a los lanceros que quedaban—. ¡Matad a esa bestia! 
—No miréis, alteza. —Ser Barristan la sujetó con fuerza. 
—¡Soltadme! —Dany se liberó de su abrazo. Cuando salvó el pretil, el tiempo pareció transcurrir más despacio. Perdió una sandalia al aterrizar en el reñidero. Mientras corría sentía la arena en los dedos, caliente y áspera; ser Barristan la llamaba y Belwas el Fuerte no dejaba de vomitar. Echó a correr más deprisa. Los lanceros también corrían. Algunos se abalanzaban sobre el dragón, espontón en ristre; otros corrían en dirección contraria, soltando el arma durante la huida. El héroe se sacudía en la arena; le manaba sangre brillante de la desgarradura del hombro. El espontón seguía clavado en la espalda de Drogon, y se mecía con cada batir de alas. De la herida salía humo. Cuando se acercaron los otros lanceros, el dragón escupió fuego y bañó a dos hombres en llamas negras. Sacudió la cola y partió por la mitad al sobrestante, que intentaba acercarse con sigilo. Otro atacante trató de clavarle el espontón en el ojo, pero el dragón lo atrapó entre las fauces y lo destripó. Los meereenos gritaban, maldecían y aullaban. Dany oía golpes a su espalda. —Drogon—gritó—. ¡Drogon! El dragón volvió la cabeza. Le salía humo de entre los dientes; su sangre también humeaba al caer. Batió las alas una vez más, levantando una tormenta de arena escarlata. Dany entró a trompicones en la sofocante nube roja. Drogon chasqueó los dientes. —No. —No tuvo tiempo de decir nada más. «No, a mí no, ¿es que no me conoces? —Los dientes negros se cerraron a escasa distancia de su rostro—. ¡Quería arrancarme la cabeza!» Cegada por la arena en los ojos, tropezó con el cadáver del sobrestante y cayó de espaldas. Drogon rugió, y el sonido retumbó en el reñidero. La envolvió una vaharada abrasadora, como la de un homo al abrirse. El dragón estiró hacia ella el cuello largo y escamoso y, cuando abrió la boca, Dany vio astillas de huesos rotos y restos de carne carbonizada entre los dientes negros. Los ojos eran de lava fundida. «Estoy viendo el infierno, pero no puedo apartar la mirada. —Nunca había estado tan segura de nada—. Si huyo de él, me abrasará y me devorará.»
Los septones de Poniente hablaban de siete cielos y siete infiernos, pero los Siete Reinos y sus dioses se encontraban muy lejos. Si moría allí, ¿se presentaría a reclamarla el dios caballo de los dothrakis? ¿Hendiría el mar de hierba para llevarla a su khalasar estrellado, a cabalgar por las tierras de la noche al lado de su sol y estrellas? ¿O serían los dioses enojados de Ghis quienes enviasen a sus arpías a apoderarse de su alma y arrastrarla al tormento? El rugido de Drogon la alcanzó en pleno rostro, con un aliento tan caliente que podría levantar ampollas. 
—¡ A mí! Prueba conmigo. Aquí —gritó Barristan Selmy, a su derecha. En los rojos pozos ardientes que Drogon tenía por ojos, Dany vio su reflejo. Parecía tan pequeña, tan frágil, tan débil y asustada... «No puedo dejar que note mi miedo.» Tanteó la arena, apartó el cadáver del sobrestante y rozó el mango del látigo. El contacto le infundo valor: era un cuero cálido, vivo. Drogon volvió a rugir, con un sonido tan potente que casi le hizo soltar el arma, y chasqueó los dientes hacia ella. —¡No! —gritó Dany, al tiempo que lo fustigaba con toda la fuerza de que era capaz. El dragón sacudió la cabeza hacia atrás—. ¡No! —gritó de nuevo—. ¡No! —Las púas le arañaron el hocico. Drogon se irguió. Dany, cubierta por la sombra de las alas, azotó el abdomen escamoso, una y otra vez, hasta que empezó a dolerle el brazo. El largo cuello sinuoso se dobló como un arco. Con un silbido, escupió fuego negro hacia ella. Dany se lanzó bajo las llamas mientras blandía el látigo y gritaba—, ¡No, no, no! ¡ABAJO! —El dragón respondió con un rugido cargado de ira y miedo; de dolor. Batió las alas una vez, dos... ... y las plegó. Con un último silbido, se tumbó boca abajo. Manaba sangre negra de allí donde le habían clavado el espontón, y humeaba al caer a la arena abrasadora. «Es fuego hecho carne —pensó Dany—. Igual que yo.» Daenerys Targaryen saltó al lomo del dragón, cogió el espontón y se lo arrancó. La punta estaba medio fundida; el hierro, incandescente, al rojo vivo. Lo tiró a un lado. Drogon se retorció bajo ella al tensar los músculos para recabar fuerzas. El aire estaba cargado de polvo; Dany no podía ver, no podía respirar, no podía pensar. Las alas negras restallaron como un trueno y, de pronto, vio alejarse la arena escarlata. Cerró los ojos, mareada. Cuando los abrió, nublados por el polvo y las lágrimas, vislumbró abajo a los meereenos, que se precipitaban por las escaleras hacia la calle. Todavía llevaba el látigo en la mano. Lo hizo chasquear contra el cuello de Drogon. —¡Más arriba! —gritó. Con la otra mano se aferró a las escamas, buscando asidero con los dedos. Las amplias alas negras de Drogon hendieron el aire. Dany sentía su calor entre los muslos; tenía el corazón a punto de estallar. «Sí —pensó—, sí, ahora, ahora, adelante, adelante, vamos, vamos, ¡VUELA!»

Jon Nieve
JON 

— ¿Qué tal te ha ido con Tormund?—preguntó Val. 
—Vuelve a preguntármelo dentro de un año. Todavía queda lo peor: convencer a los míos para que se traguen el guiso que les he preparado. Mucho me temo que a nadie le va a gustar el sabor. —Puedo ayudarte. 
—Ya me has ayudado; me has traído a Tormund. 
—Puedo hacer mucho más. 
«¿Por qué no? —pensó Jon—. Todo el mundo está convencido de que es una princesa. —Miró a Val, que montaba como si hubiera nacido a lomos de un caballo—. Una princesa guerrera —decidió—, no una criatura endeble que se sienta en una torre a cepillarse el pelo y esperar a que la rescate un caballero.» —Debo informar de este acuerdo a la reina —dijo—. Puedes venir a conocerla, si te ves capaz de hincar la rodilla. —No era buena idea ofender a su alteza antes de tener ocasión de abrir la boca. 
—¿Puedo reírme mientras me arrodillo? 
—No. Esto no es un juego. Entre nuestros pueblos corren ríos de sangre, viejos, profundos y rojos. Stannis Baratheon es de los pocos que está a favor de admitir a los salvajes en el reino. Necesito que la reina me apoye en lo que acabo de hacer. La sonrisa traviesa de Val se desvaneció. 
—Tienes mi palabra, lord Nieve. Seré una digna princesa de los salvajes para tu
reina. 
«No es mi reina —podía haber contestado—. A decir verdad, daría lo que fuera por que se marchase cuanto antes. Si los dioses son benevolentes, el día que lo haga se llevará con ella a Melisandre.» 
Hicieron el resto del camino en silencio, con Fantasma pisándoles los talones. El cuervo de Mormont los siguió hasta la puerta y luego se alejó revoloteando hacia arriba mientras desmontaban. Caballo se adelantó con una tea para iluminar el túnel helado. Cuando Jon y sus acompañantes aparecieron al sur del Muro, un grupito de hermanos negros los esperaba junto a la puerta. Entre ellos estaba Ulmer del Bosque Real, y fue el viejo arquero quien se adelantó para hablar en nombre de todos. 
—Si le place a nuestro señor, los muchachos tienen ciertas preguntas. ¿Habrá paz, mi señor? ¿O sangre y hierro? 
—Paz —respondió Jon Nieve—. Dentro de tres días, Tormund Matagigantes traerá a su pueblo a este lado del Muro. Vendrán como amigos, no como enemigos. Incluso puede que algunos se nos unan y vistan el negro. Tenemos que darles una buena acogida. Ahora, volved a vuestras tareas. —Le tendió las riendas del caballo a Seda—. Tengo que ver a la reina Selyse. —Su alteza se ofendería si no iba a visitarla de inmediato—. Después tengo que escribir unas cuantas cartas. Lleva a mis aposentos pergamino, plumas y un bote de tinta de maestre negra. Luego convoca a Marsh, a Yarwyck, al septón Cellador y a Clydas. —El septón Cellador estaría medio borracho y Clydas no era el mejor sustituto de un verdadero maestre, pero no tenía nada más. «Hasta que regrese Sam»—. Que vengan también los norteños, Flint y el Norrey. Pieles, tú también. 
—Hobb está haciendo tartas de cebolla —dijo Seda—, ¿Les digo a todos que se reúnan con vos para la cena? 
—No —dijo Jon tras sopesar la propuesta—. Diles que se reúnan conmigo en la cima del Muro, al atardecer. —Se volvió hacia Val—. Mi señora, acompáñame, por favor. 
—El cuervo ordena; la prisionera obedece —dijo en tono travieso—. Esa reina tuya debe de ser realmente temible si a hombres hechos y derechos les flaquean las piernas en su presencia. ¿Tendría que haberme puesto cota de malla en vez de lana y pieles? Esta ropa me la dio Dalla; preferiría no mancharla de sangre. 
—Si las palabras hicieran sangre, harías bien en tener miedo, pero creo que tu ropa estará a salvo.
Se abrieron paso hasta la Torre del Rey, a través de caminos recién despejados que transcurrían entre montañas de nieve sucia. —Tengo entendido que tu reina luce una frondosa barba negra. Jon sabía que no debía sonreír, pero no pudo evitarlo. —Solo tiene bigote, y bastante ralo. Se le pueden contar los pelos. 
—Qué decepción. 
A pesar de su insistencia en adueñarse de sus dominios, Selyse Baratheon no parecía tener ninguna prisa por cambiar las comodidades del Castillo Negro por las sombras del Fuerte de la Noche. Había apostado a sus guardias, por supuesto: cuatro hombres en la puerta, dos en las escaleras y otros dos en el interior, junto al brasero. Al mando de todos ellos estaba ser Patrek de la Montaña del Rey, que iba ataviado con ropajes de caballero de colores blanco, azul y plata, y con una capa salpicada de estrellas de cinco puntas. Cuando le presentaron a Val, el caballero hincó una rodilla en el suelo para besarle la mano enguantada. —Sois aún mucho más hermosa de lo que me habían dicho, princesa —declaró—. La reina me ha hablado maravillas de vuestra belleza. 
—Es algo sorprendente, dado que no me ha visto nunca. —Val dio unos golpecitos en la cabeza de ser Patrek—. Venga, levántate, señor arrodillado. Vamos, vamos, arriba.—Parecía que estuviera hablando a un perro. Jon hizo cuanto pudo para no reírse. Con el rostro pétreo, indicó al caballero que solicitaban audiencia con la reina. Ser Patrek envió a un soldado escaleras arriba, a preguntar si su alteza estaba dispuesta a recibirlos. —El lobo tiene que quedarse aquí —insistió ser Patrek. Jon no se sorprendió: la presencia del huargo ponía muy nerviosa a la reina Selyse, casi tanto como la de Wun Weg Wun Dar Wun. 
—Fantasma, espera. 
Su alteza estaba cosiendo al lado del fuego, mientras su bufón bailaba al ritmo de una música que solo oía él y hacía sonar los cencerros que le colgaban de las astas. 
—El cuervo, el cuervo —gritó cuando vio a Jon—, En el fondo del mar, los cuervos son blancos como la nieve, lo sé, lo sé, je, je, je. —La princesa Shireen estaba acurrucada en un asiento, junto a la ventana, con la capucha calada para esconder la parte más llamativa de la psoriagrís que le había desfigurado la cara. No había ni rastro de lady Melisandre, cosa de la que Jon se alegró. Más tarde o más temprano tendría que enfrentarse a la sacerdotisa roja, pero prefería que no
ocurriese en presencia de la reina. —Alteza. —Hincó la rodilla; Val lo imitó. 
—Podéis levantaros —dijo la reina Selyse, tras dejar su labor. 
—Permitidme que os presente a lady Val, alteza. Su hermana Dalla era... 
—... la madre de ese crío llorón que no nos deja dormir. Ya sé quién es, lord Nieve. —La reina frunció la nariz—. Es una suerte para vos que haya regresado antes que mi esposo, el rey, o habríais tenido muchos problemas. Muchos. 
—¿Eres la princesa de los salvajes? —preguntó Shireen a Val. 
—Hay quien me llama así —respondió Val—. Mi hermana estaba casada con Mance Rayder, el Rey-más-allá-del-Muro. Murió al dar a luz a su hijo. 
—Yo también soy una princesa —declaró Shireen—, aunque nunca he tenido una hermana. Tenía un primo, pero se fue en un barco. Solo era un bastardo, pero me caía bien. 
—Vamos, Shireen —dijo su madre—. Estoy segura de que el lord comandante no ha venido a escuchar las hazañas de Robert. Caramanchada, sé un buen bufón y llévate a la princesa a su cuarto. 
—Lejos, lejos —cantó el bufón al tiempo que hacía sonar los cencerros del gorro—. Ven conmigo al fondo del mar, lejos, lejos, lejos. —Tomó a la princesita de la mano y se la llevó de la estancia dando saltos. 
—Alteza, el cabecilla del pueblo libre ha aceptado mis condiciones —dijo Jon. 
—Mi esposo siempre ha querido dar refugio a esos salvajes —dijo la reina Selyse tras asentir brevemente—. Mientras mantengan la paz del rey y obedezcan sus leyes, serán bien recibidos en nuestro reino. —Apretó los labios—. Tengo entendido que tienen más gigantes. 
—Casi doscientos, alteza —dijo Val—. Y más de ochenta mamuts. 
—Son unas criaturas repelentes. —La reina se estremeció. Jon no sabía si se refería a los mamuts o a los gigantes—. Aunque puede que esas bestias le resulten útiles a mi señor esposo en la batalla. 
—Es posible, alteza —respondió Jon—, pero los mamuts son demasiado grandes para atravesar la puerta. 
—¿No hay forma de ensancharla? 
—Eso sería una... insensatez, a mi juicio. 
—Si vos lo decís... —La reina frunció la nariz—. Imagino que sabéis lo que decís. ¿Dónde pensáis alojar a estos salvajes? Villa Topo no es bastante grande para acoger a... ¿Cuántos son? —Cuatro mil, alteza. Nos ayudarán a guarnecer nuestros castillos abandonados y así defender todo el Muro. 
—Tengo entendido que esos castillos están en ruinas, que son lugares deprimentes, inhóspitos y fríos, poco más que montañas de escombros. En Guardiaoriente nos dijeron que había ratas y arañas. 
«Las arañas ya habrán muerto de frío —pensó Jon—, y las ratas pueden constituir una buena fuente de carne cuando llegue el invierno.» —Es cierto, alteza..., pero hasta las ruinas son un refugio, y el Muro se interpondrá entre ellos y los Otros. 
—Veo que habéis tenido en cuenta todos los detalles, lord Nieve. Estoy segura de que el rey Stannis estará satisfecho cuando regrese triunfante de la batalla. 
«Si es que vuelve.» 
—Pero en primer lugar —continuó la reina—, los salvajes tienen que reconocer a Stannis como su rey y a R’hllor como su dios. «Aquí estamos, cara a cara, en este pasillo estrecho.» —Disculpad, alteza, pero esas no son las condiciones que hemos acordado. 
—Un descuido imperdonable —contestó la reina con expresión adusta. Cualquier rastro de calidez que pudiera haber en su voz se había desvanecido de un plumazo. 
—El pueblo libre no se arrodilla —le dijo Val. 
—Pues habrá que hacerlo arrodillarse —declaró la reina. 
—En tal caso, alteza, nos alzaremos de nuevo a la menor ocasión —respondió Val—. Bien armados. 
—Sois una insolente —respondió la reina, con los labios apretados y un ligero temblor en la barbilla—. Claro que no cabía esperar otra cosa de una salvaje. Tendremos que buscaros un esposo que os enseñe modales. —Se volvió hacia Jon—. No apruebo esto, lord comandante, ni tampoco lo aprobará mi señor esposo. Ambos sabemos que no está en mi mano evitar que abráis vuestras puertas, pero os prometo que habrá consecuencias en cuanto mi marido regrese de la batalla. Quizá queráis reconsiderarlo. 
—Alteza —Jon volvió a arrodillarse; Val no lo imitó—. Siento que mis acciones os hayan disgustado. He hecho lo que me ha parecido más adecuado. ¿Tenemos vuestro permiso para retiramos? 
—Sí, y de inmediato. 
Cuando ya estaban fuera, lejos de los hombres de la reina, Val dio rienda suelta a su enfado. —Lo de la barba era mentira. Tiene más pelo en el mentón que yo entre las piernas. Y su hija... la cara.... 
—Psoriagrís. 
—Nosotros lo llamamos la muerte gris. 
—En los niños no tiene por qué ser mortal. 
—Lo es al norte del Muro. La cicuta es un remedio muy eficaz, pero también sirve una almohada o una espada. Si yo hubiera dado a luz a esa pobre niña, la habría liberado de su sufrimiento hace ya mucho tiempo. 
Aquella faceta de Val era nueva para Jon. —La princesa Shireen es la única hija de la reina. 
—Lo siento por las dos. La niña no está limpia. 
—Si Stannis gana su guerra, Shireen será la heredera del Trono de Hierro. 
—Entonces, lo siento por tus Siete Reinos. 
—Los maestres dicen que la psoriagrís no... 
—Los maestres pueden decir lo que les dé la gana. Si quieres saber la verdad, pregúntale a la bruja de los bosques. La muerte gris permanece latente, pero siempre renace. ¡La niña no está limpia! 
—A mí me parece una chiquilla encantadora. No sabes si... 
—Sí que lo sé. No sabes nada, Jon Nieve —Val lo agarró del brazo—. Quiero que saques de aquí al monstruo. A él y a las nodrizas. No puedes dejarlo aquí, en la misma torre que la chica muerta. 
—No está muerta— dijo Jon, tras zafarse de la mano de Val. 
—Claro que sí. Su madre no se da cuenta, y ya veo que tú tampoco, pero lo que tiene dentro es muerte. —Se alejó, se detuvo y regresó a su lado—. Te llevé a Tormund Matagigantes. Ahora, tú tráeme a mi monstruo. 
—Lo intentaré. 
—No lo intentes, tráemelo. Estás en deuda conmigo, Jon Nieve. 
Jon vio como se alejaba.
«No puede ser, es imposible que tenga razón. La psoriagrís no es tan mortal como dice, al menos en los niños. —Fantasma había vuelto a marcharse, y el sol se escondía por el oeste—. Me vendría muy bien una copa de vino caliente, y dos me vendrían mejor aún.» Pero aquello tendría que esperar. Tenía que enfrentarse a unos enemigos verdaderamente temibles: sus hermanos. 

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