Vientos de Invierno, capítulo de Arya (Piedad. Mercy)




Vientos de Invierno

Vientos de Invierno (The Winds of Winter)


Libro 6

Canción de Hielo y Fuego


Capítulo de Arya Stark. (Mercy) "Piedad"




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¡Spoilers!


Arya Stark

PIEDAD

Ella se despertó con un sobresalto, sin saber quién era, o dónde estaba.

El olor de sangre era fuerte… ¿o eran los restos de su pesadilla? Había soñado de nuevo con los lobos, corriendo a través de algún oscuro bosque de pinos con una gran e infernal manada fuertemente impregnada con el hedor de las presas.

Una luz tenue llenaba el cuarto gris y oscuro. Estremeciéndose, se sentó en la cama y deslizó la mano por su cabeza. El cabello incipiente se erizó contra su palma. «Debo raparme antes de ver a Izembaro. Piedad, soy Piedad, y esta noche seré violada y asesinada.» Su verdadero nombre era Mercedene, pero todos la llamaban Piedad…
Excepto en los sueños. Inspiró profundamente para sosegar los latidos de su corazón, intentando recordar más de lo que había soñado, pero la mayor parte ya se había desvanecido. Había sangre, sin embargo, y una luna por encima de su cabeza, y un árbol que la observaba mientras corría.

Había trabado las persianas para que la despertara el sol de la mañana. Pero no podía ver el sol desde la ventana del pequeño cuarto de Piedad, sólo una pared de cambiante niebla gris. El aire se había vuelto más frio… y sería bueno si pudiera seguir durmiendo todo el día. Justo como Piedad, dormida durante su propia violación.
Piel de gallina cubría sus piernas. Su cobertor se había enroscado alrededor de su cuerpo como una serpiente. Lo desenvolvió, tiró la manta al desnudo suelo de tablas y caminó desnuda hacia la ventana. Braavos se había desvanecido en la niebla. Ella podía ver el agua verde del pequeño canal debajo; la calle empedrada debajo de su edificio, dos arcos del musgoso puente… pero el extremo lejano del puente se disipaba en la niebla gris, y de los edificios al otro lado del canal sólo se distinguían algunas luces errantes. Oyó una suave salpicadura cuando una barcaza igual una serpiente surgió bajo el arco central del puente.
“¿Qué hora es?”, preguntó Piedad al hombre abajo que estaba de pie en la elevada cola de la serpiente, propulsándola con su mástil.
El hombre alzó la mirada, buscando la voz. “Las cuatro, por el rugido del Titán.” Sus palabras resonaron en los remolinos de las aguas verdes y las paredes de los invisibles edificios.
No llegaría tarde, no todavía, pero no debía perder el tiempo. Piedad era un alma feliz y una trabajadora competente, pero raramente puntual. Eso no serviría hoy. El enviado de Poniente era esperado en la Puerta esta tarde, e Izembaro no estaría de humor para oír las excusas, aún cuando se las serviría con una dulce sonrisa.

Anoche, antes de ir a dormir, había llenado su cubeta con agua del canal, prefiriendo el agua salobre al viscoso verde de la lluvia en la cisterna en el exterior. Tomó un paño áspero y se lavó de la cabeza a los talones y fregó sus callosos pies. Después tomó la navaja. Un cráneo desnudo facilitaba ajustar las pelucas, afirmaba Izembaro.
Se rasuró, se puso sus prendas interiores y un vestido de lana marrón. Notó que tendría que remendar una de sus medias. Le pediría ayuda a Snapper; su propia costura era tan desastrosa, que la señora del guardarropa normalmente se apiadaba de ella. «Puedo sacar un mejor par del armario.» Era arriesgado, sin embargo. Izembaro odiaba cuando los comediantes llevaban sus atuendos en las calles. Salvo Wendeyne. Después de mamar la polla de Izembaro, la chica podía llevar cualquier atuendo que quisiera. Piedad no era tan necia como las demás. Daena le había advertido. “Las chicas bajan por ese camino ventoso al Barco, dónde cada hombre en el foso sabe que puede tener cualquier cosa bonita que ve en el escenario, si su bolsa es lo bastante gorda.”
Sus botas eran trozos de viejo cuero marrón moteadas de gotas de sal y agrietadas por el prolongado uso; su cinturón una larga soga del cáñamo azul. Lo anudó en su cintura y colgó un cuchillo en su cadera derecha y una bolsa para las monedas en la izquierda. Por último se puso la capa sobre los hombros. Era una autentica capa de bufón, de lana purpúrea con bordes de seda roja, con una capucha para protegerse de la lluvia, y tres bolsillos ocultos, también. Ella escondió algunas monedas en uno, una llave de hierro en otro, una daga en el último. Una daga de verdad, no un cuchillo para frutas como en su cadera, pero ésta no pertenecía a Piedad, no más que sus otros tesoros. El cuchillo de frutas era de Piedad. Era conocida por comer frutas, sonreír y hacer bromas; por trabajar duramente y hacer lo que se le decía.

“Piedad, Piedad, Piedad,” cantaba, mientras descendía por la escalera de madera hacia la calle. El barandal estaba astillado, los escalones húmedos, y había cinco tramos, por eso había conseguido el cuarto tan barato. Eso, y la sonrisa de Piedad. Ella podría estar calva y flaca, pero Piedad tenía una bonita sonrisa, y una cierta gracia. Incluso Izembaro estaba de acuerdo en que era encantadora. No se hallaba lejos de La Puerta, no más del vuelo de cuervo, pero para las chicas con pies en vez de alas, la distancia era más larga. Braavos era una ciudad curvada. Las calles y callejas eran curvadas, y los canales eran aun más curvados. Habitualmente prefería tomar el camino más largo, bajo el Camino del Trapero a lo largo del Puerto Exterior, dónde veía el mar y el cielo, y una vista clara desde la Gran Albufera hasta el Arsenal y la ladera de pinos encima del Escudo de Sellagoro. Los marineros le gritaban cuando pasaba por los andenes, llamándole desde las cubiertas de los balleneros Ibbeneses y las barcazas de Poniente de barrigas abultadas. Piedad no siempre entendía sus palabras, pero sabía que estaban diciendo. A veces les sonreía y decía que podrían encontrarla en La Puerta si tenían monedas.

El camino largo también le conducía por el Puente de Ojos con sus caras talladas de piedra. Desde la cima de su envergadura, podía mirar a través de los arcos y ver toda la ciudad: los verdes domos cobrizos del Salón de Verdad, los mástiles alzados igual un bosque del Puerto Purpúreo, las altas y enormes torres, los rayos dorados girando en espiral sobre del Palacio del Señor del Mar… incluso los hombros de bronce del Titán, mas allá de las oscuras aguas verdes. Pero eso era únicamente cuando el sol brillaba sobre Braavos. Si la niebla era densa, no había nada que ver salvo gris, y por eso hoy Piedad escogió la ruta más corta para preservar un poco más sus pobres botas cuarteadas.
La niebla parecía abrirse por delante y cerrarse de nuevo cuando la atravesaba. Sentía los adoquines lisos y húmedos bajo sus pies. Oyó el melancólico aullido de un gato. Braavos era una buena ciudad para los gatos, y vagaban por todas partes, especialmente por la noche. «En la niebla todos los gatos son grises», pensó Piedad. «En la niebla todos los hombres son asesinos.»

Nunca había visto una niebla tan densa. En los canales más grandes, los barqueros podrían estar colisionando sus barcos de serpientes, incapaces de ver las luces oscuras de los edificios en ambos lados.
Piedad pasó a un anciano con una linterna caminando en dirección contraria e envidió su lámpara. La calle era tan oscura, que escasamente podía ver por donde caminaba. En las partes más humildes de la ciudad, se apiñaban las casas, tiendas, y almacenes, apoyándose entre sí como amantes ebrios; sus pisos superiores tan contiguos, que se podría pasar de un balcón al próximo. Las calles debajo eran túneles oscuros dónde cada pisada enviaba ecos. Los pequeños canales eran aun más peligrosos, pues muchas de las casas que los rodeaban tenían añadidos que se proyectaban sobre el agua. Izembaro amaba pronunciar el discurso del Señor del Mar en la Melancólica Hija del Mercader, sobre cómo “aquí aún se eleva el último Titán, a horcajadas sobre los pedregosos hombros de sus hermanos,” pero Piedad prefería la escena dónde el gordo mercante se estrellaba sobre la cabeza del Señor del Mar cuando pasó debajo en su barcaza de oro y púrpura. Sólo en Braavos ha podido pasar algo así, se comentaba, y sólo en Braavos podría el Lord del Mar y un marinero aullar de risa al ver eso.

La Puerta se hallaba cerca del extremo del Pueblo Ahogado, entre el Puerto Exterior y el Puerto Púrpura. Un almacén viejo se había quemado allí y la tierra se estaba hundiendo cada año un poco más, por lo que el área era de poco valor. Izembaro levantó su cavernoso salón de espectáculos encima de la sumergida estructura de piedra del almacén. El Domo y la Linterna Azul podrían disfrutar de alrededores más elegantes, les dijo a sus bufones, pero aquí, entre los puertos, nunca les faltarán marineros y putas para llenar el foso. El Barco estaba cerca, todavía arrojando animosas multitudes al muelle, dónde había sido amarrado durante veinte años, dijo, y la Puerta también prosperaría.
El tiempo le dio la razón. El escenario de La Puerta se había ladeado como el mismo edificio, sus disfraces eran propensos al moho, y las serpientes de agua anidaron en el sótano inundado, pero nada de eso preocupaba a los bufones cuando la casa estaba llena.

El último puente estaba hecho de sogas y tablones ásperos y parecía disolverse en la nada, pero era sólo niebla. Piedad corrió precipitadamente, sus tacones resonando sobre la madera. La niebla se abrió por delante como una andrajosa cortina gris para revelar el edificio del teatro. Una macilenta luz amarilla se derramaba de las puertas y Piedad oyó las voces en el interior. Al costado de la entrada, Gran Brusco había pintado el título del último espectáculo, y escribió La Mano Ensangrentada en grandes letras rojas. Estaba pintando la mano ensangrentada debajo de las palabras para aquellos que no supieran leer. Piedad se detuvo para echar una mirada.
“Es una buena mano,” dijo.
“El dedo pulgar se ha torcido.” Brusco lo golpeó con su cepillo. “El rey de los Bufones está preguntando por ti.”
“Estaba muy oscuro y yo dormí y dormí.”

Al principio, cuando Izembaro se había nombrado el Rey de los Bufones, la compañía había sentido un placer perverso, saboreando el ultraje de sus rivales del Domo y la Linterna Azul. Últimamente, sin embargo, Izembaro había empezado a tomar su título demasiado en serio.
“Ahora representará sólo a reyes,” dijo Marro, haciendo rodar sus ojos, “y si la obra no tiene ningún rey, pronto no subirá más al escenario.”
La Mano Ensangrentada ofrecía dos reyes, el gordo y el chico. Izembaro representaba al gordo. No era una parte notable, pero el gordo tenía un magnífico discurso cuando agonizaba, y una espléndida lucha con un demoníaco jabalí antes de eso. Phario Forel lo había escrito, y él tenía la pluma más sanguinaria de todo Braavos.

Piedad encontró a la compañía congregada detrás del escenario y se situó entre Daena y Snapper en la parte de atrás, esperando que su llegada tardía pasara inadvertida. Izembaro estaba diciendo a todos que esperaba que la Puerta estuviera atestada hasta las vigas esta tarde, a pesar de la niebla.
“El Rey de Poniente está enviando a su emisario para homenajear esta noche al Rey de los Bufones,” dijo su compañía. “Nosotros no defraudaremos a nuestro compañero monarca.”
“¿Nosotros?”, dijo Snapper que confeccionaba todos los trajes de los actores. “¿Hay más de uno, ahora?”
“Él gordo cuenta por dos,” susurró Bobono. Cada compañía de bufones tenía que tener un enano. Él pertenecía a esta. Cuando vio a Piedad, le lanzó una mirada de soslayo. “Oho,” dijo, “aquí está. ¿La chica pequeña está preparada para su violación?” Chasqueó sus labios.
Snapper le propinó un golpe en la cabeza. “Silencio.”
El Rey de los Bufones ignoró la breve conmoción. Seguía hablando, diciéndoles que deberían estar magníficos. Además del enviado de Poniente, habría responsables de llaves entre la muchedumbre esta tarde, y también famosas cortesanas. Él no quería que ellos salieran con una pobre opinión de la Puerta. “Me enfadaré con cualquiera que me falle,” prometió, una amenaza que tomó prestada del discurso que el Príncipe Garin pronunció en la víspera de la batalla en Wroth de Dragonlords, la primera obra de Phario Forel.
Una hora antes de la representación Izembaro finalmente terminó su discurso y al final los bufones estaban frenéticos e irritables. En la Puerta resonó el nombre de Piedad.

“Piedad,” imploró su amiga Daena, “Lady Stork ha pisado de nuevo en el dobladillo de su vestido. Ven y ayúdame a coserlo.”
“Piedad,” llamó el Desconocido, “tráeme el maldito pegamento, mi cuerno se está aflojando.”
“Piedad,” retumbó Izembaro el Grande, “¿qué has hecho con mi corona, chica? Yo no puedo hacer mi entrada sin mi corona. ¿Cómo sabrán que soy el rey?”
“Piedad,” rechinó el enano Bobono, “Piedad, hay algo errado con mis cordones, no puedo ocultar mi polla.”

Ella sacó la pasta pegajosa y ató el cuerno izquierdo del Desconocido en su frente. Encontró la corona de Izembaro en el privado donde él siempre la dejaba y le ayudó a fijarla en su peluca; y luego corrió a por aguja e hilo para que Snapper pudiera coser la lazada en el vestido de paño de oro que la reina llevaría en la escena de la boda.
Y la polla de Bobono de hecho tenía que estar fuera. Fue dispuesta de esta manera para la violación. «Es una cosa horrorosa», pensó Piedad, cuando se arrodilló ante el enano para acomodarla. La polla era larga y gruesa como su brazo, lo bastante grande para ser vista desde el balcón más alto.
El tintorero había hecho una chapuza con el cuero, sin embargo; era una cosa moteada de rosa y blanco, con una cabeza bulbosa de color ciruela. Piedad la empujó en los calzones de Bobono y la ató.
“Piedad,” cantó él mientras ella la ataba firmemente, “Piedad, Piedad, ven esta noche a mi cuarto y haz un hombre de mí.”
“Haré un eunuco de ti si la mantienes desatada solo para que te toque la entrepierna.”
“Fuimos hechos para estar juntos, Piedad,” Bobono insistió. “Mira, somos de la misma altura.”
“Sólo cuando estoy de rodillas. ¿Recuerdas tu primera línea?” Había pasado sólo una quincena desde que el enano había caminado tambaleándose hacia el escenario en sus copas y había abierto La Angustia del Arconte con el discurso del grumpkin de La Lujuriosa Mujer del Mercader. Izembaro lo desollaría vivo si cometiera una equivocación de nuevo, y sin importarle cuan duro era encontrar a un buen enano.
“¿Qué estamos representando, Piedad?” Bobono preguntó inocentemente.
«Está fastidiándome», pensó Piedad. «Esta noche no está borracho y conoce perfectamente bien la presentación.» “Estamos haciendo Mano Ensangrentada, la nueva de Phario, en honor al enviado de los Siete Reinos.”
“Ahora recuerdo.” Bobono bajó su voz a un graznido siniestro. “El dios de siete rostros me timó,” dijo. “Mi noble señor fue hecho del más puro oro, y de oro hizo a mis hermanos, un chico y una chica. Pero a mí me formó de un material más oscuro, de huesos y sangre y barro, y me torció en esta forma ruda que ves ante ti.” Asió su pecho, manoseando un pezón. “No tienes tetas. ¿Cómo puedo violar a una chica sin tetas?”
Ella cogió su nariz entre su dedo pulgar y dedo índice y la retorció. “No tendrás nariz hasta que alejes tus manos de mí.”
“Owwwww,” chilló el enano, soltándola.
“Me crecerán las tetas en un año o dos.” Piedad se levantó, sobresaliendo por encima del hombre pequeño. “Pero nunca te crecerá otra nariz. Piensa en ello, antes de que me toques allí.”
Bobono frotó su nariz dolorida. “No es necesario que te pongas tímida. Te estaré violando bastante pronto.”
“No hasta el segundo acto.”
“Yo siempre doy un buen apretón a las tetas de Wendeyne cuando la violo en La angustia del Arconte,” se quejó el enano. “Le gusta, y al foso también. Tienes que complacer el foso.”

Ese era uno de “los consejos” de Izembaro, como le gustaba llamarlos. “Tienes que complacer el foso”.
“Apostaría a que complacería al foso si arrancara la polla del enano y le aporraría la cabeza con ella,” contestó Piedad. “Eso es algo que no habrán visto antes.” “Siempre ofréceles algo que no han visto antes,” era otro de “los consejos” de Izembaro y para ese Bobono no tenía ninguna respuesta fácil. “Bien, ya estás listo,” anunció Piedad. “Ahora asegúrate de sujetar tus calzones el tiempo necesario.”
Izembaro estaba requiriéndola de nuevo. Ahora no podía encontrar su lanza para el jabalí. Piedad la encontró; ayudó a Gran Brusco ponerse el disfraz de jabalí, verificó las dagas falsas sólo para asegurarse de que nadie las había reemplazado con genuinas (alguien había hecho eso una vez en Domo, y un bufón había muerto) y vertió el vino en el pequeño pellizco de Lady Stork que le placía tener antes de cada obra. Cuando todos los gritos de “Piedad, Piedad, Piedad” finalmente se extinguieron, ella se tomó un momento para un rápido atisbo.

El foso estaba repleto como nunca se había visto y ya todos estaban disfrutando, bromeando y empujándose, comiendo y bebiendo. Ella vio a un hombre vendiendo pedazos de queso, rasgándolos de la rueda con sus dedos siempre que encontrara a un comprador. Una mujer tenía una bolsa de manzanas arrugadas. Se pasaban pellejos de vino de mano en mano; algunas chicas estaban vendiendo sus besos, y un marinero estaba tocando silbatos marinos. El hombre pequeño de ojos tristes llamado Pluma estaba de pie en la parte de atrás, para ver si podría robar algo para una de sus propias obras. Cossomo el Ilusionista también había venido, y de su brazo Yna, la puta tuerta del Puerto Feliz, pero Piedad no podría conocer a esos dos, y ellos no conocían a Piedad.
Daena reconoció algunos de los regulares de la Puerta ente la muchedumbre, y los señaló; el tintorero Dellono con su cara blanca picada y las manos manchadas púrpuras; Galeo el fabricante de salchichas con su delantal de cuero grasiento; el alto Tomarro con su mascota rata en su hombro.
“Sera mejor que Tomarro no permita que Galeo ver esa rata,” Daena advirtió. “He oído que esa es la única carne que pone en las salchichas.”
Piedad se cubrió la boca y rió.
Los balcones también estaban colmados. Los primeros y terceros niveles eran para comerciantes y capitanes y otra gente respetable. Los braavosis preferían el cuarto y más alto, dónde los asientos eran más baratos. Allí era un alboroto de colores brillantes, mientras más abajo oscilaban las sombras más oscuras. El segundo balcón estaba dividido en palcos privados, dónde los poderosos podían disfrutar de la comodidad y privacidad, a salvo del vulgo de arriba y abajo. Tenían la mejor vista del escenario, y sirvientes para traerles comida, vino, cojines; cualquier cosa que podrían desear. Era raro encontrar el segundo balcón lleno más de la mitad en la Puerta; tales hombres importantes, quiénes gustaban de una noche de pantomima, preferían visitar el Domo o la Linterna Azul, dónde las ofrendas eran consideradas más sutiles y más poéticas.
Esta noche era diferente, sin embargo, sin ninguna duda a causa del enviado de Poniente. En cada palco estaban sentados los tres vástagos de Otharys, cada uno acompañado por una famosa cortesana; Prestayn estaba solo, un hombre tan anciano, que una se preguntaría cómo logró llegar a su asiento; Torone y Pranelis compartían un palco, tal como compartían una alianza incómoda; la Tercera Espada estaba presentando a media docena de amigos.
“Yo cuento cinco responsables de llaves” dijo Daena.
“Bessaro es tan gordo que deberías contarlo dos veces,”replicó Piedad, riéndose.
Izembaro tenía una gran barriga, pero comparado con Bessaro, era flexible como un sauce. El responsable de llaves era tan grande que necesitó un asiento especial, tres veces el tamaño de una silla común.
“Todos son gordos, los Reyaans,” Daena dijo. “Con barrigas tan grandes como sus barcos. Deberías ver al padre. Hace que este pareciera pequeño. Una vez fue convocado al Salón de la Verdad para votar, pero cuando subió a su barcaza, se hundió.” Ella asió a Piedad por el codo. “Mira, el palco del Señor del Mar.” El Señor del Mar nunca había visitado La Puerta, sin embargo, Izembaro nombró un palco por él, el más grande y opulento de la casa. “Éste debe ser el emisario de Poniente ¿has visto alguna vez prendas semejantes en un anciano? ¡Y mira, lo acompaña la Perla Negra!”

El enviado era pequeño y calvo, con un cómico mechón gris de una barba que crecía en su mentón. Su capa era el terciopelo amarillo, igual sus calzones. Su jubón era de un azul tan brillante, que casi hizo lagrimear a Piedad. En su pecho se había bordado un escudo con hilo amarillo, y en el escudo un altivo gallo azul bordado en lapislázuli. Uno de sus guardias lo acompañó a su asiento, mientras los otros dos se apostaron detrás, en la parte posterior del palco.
La mujer que le acompañaba no podría tener más de un tercio de su edad. Era tan encantadora, que las lámparas parecían arder más brillantes cuando ella pasó. Llevaba un vestido de bajo corte de seda amarilla, en contraste con el suave marrón de su piel. Su pelo negro estaba sujeto en una redecilla de hilos de oro, y un collar de azabache y oro colgaba en la cima de sus henchidos pechos. Mientras la observaban, ella se acercó al enviado y susurró algo en su oído que le hizo reír.
“Deberían llamarla la Perla Marrón,” dijo Piedad a Daena. “Ella es más marrón que negra.”
“La primera Perla Negra era negra como un pote de tinta,” dijo Daena. “Era una reina pirata, engendrada por el hijo de un Señor de Mar y una princesa de las Islas de Verano. Era la amante de un rey dragón de Poniente.”
“Me gustaría ver un dragón, “dijo Piedad anhelante. “¿Por qué el enviado tiene un pollo en su pecho?”
Daena aulló. “¿Piedad, no sabes nada? Es su blasón. En los Reinos del Ocaso todos los señores tienen blasones. Algunos tienen flores, otros peces, osos y alces y otras cosas. Mira, los guardias del emisario llevan leones.”

Era verdad. Había cuatro guardias; grandes y fuertes hombres en cotas de malla anilladas, con pesadas espadas ponientis envainadas en sus caderas. Sus capas carmesís estaban orilladas con espirales de oro, y leones dorados con rojos ojos granate abrochando cada capa al hombro. Cuando la mirada de Piedad cayó en los rostros debajo de los yelmos coronados con leones, su estomago se sacudió. «Los dioses me han enviado un regalo.» Sus dedos asieron duramente el brazo de Daena.
“Ese guardia. En el extremo, detrás de la Perla Negra.”
“¿Qué pasa con él? ¿Le conoces?”
“No.” Piedad había nacido y criado en Braavos, ¿cómo podría conocer a alguien de Poniente? Tuvo que pensar por un momento. “Sólo es… bien, es bastante guapo, ¿no crees?” Era guapo de una manera tosca, aun cuando sus ojos eran duros.
Daena se encogió de hombros. “Es muy viejo. No tan viejo como los otros, pero... podría tener treinta años. Y es de Poniente. Son terribles salvajes, Piedad. Es mejor apartarse de los de su clase.”
“¿Apartarse?” Piedad rió. Piedad era una chica risueña. “No. Quiero acercarme.” Le dio un apretón a Daena y dijo, “Si viene Snapper, buscándome, dile que me marché para leer mis líneas de nuevo.” Sólo tenía unas pocas, y la mayoría simplemente eran, “Oh, no, no, no,” y “no lo hagas, oh no, no me toques,” y “Por favor, milord, todavía soy doncella,” pero era la primera vez que Izembaro le había dado unas líneas, por lo que sería lógico que la pobre Piedad querría recitarlas correctamente.

Dos de los guardias del emisario de los Siete Reinos se encontraban en su palco detrás de él y la Perla Negra, pero los otros estaban apostados en el exterior de la puerta para que él no fuese molestado. Estaban hablando en voz baja en Lengua Común de Poniente, cuando ella se deslizó silenciosamente por detrás en el umbroso pasillo. Ese era un idioma que Piedad no conocía.
“Por los siete infiernos, este lugar es húmedo,” oyó quejarse al guardia. “Estoy helado hasta los huesos. ¿Dónde están los malditos árboles de naranjas? Yo siempre había oído que había árboles de naranjas en las Ciudades Libres. Limones y limas. Granadas. Pimienta caliente, noches cálidas, chicas con los vientres desnudos. ¿Dónde están las chicas con los vientres desnudos, te pregunto?”
“En Lys, y Myr, y Vieja Volantis,” contestó el otro guardia. Él era un hombre más viejo, de gran barriga y canoso. “Yo fui una vez a Lys con Lord Tywin, cuando él era la Mano de Aerys. Braavos se encuentra al norte de Desembarco del Rey, necio. ¿No puedes leer un maldito mapa?”
“¿Cuánto tiempo piensas que estaremos aquí?”
“Más de lo que te gustaría,” el anciano contestó. “Si él regresa sin el oro, la reina tendrá su cabeza. Además, yo he visto a esa esposa suya. Hay peldaños en Roca Casterly que ella no puede bajar por temor a caerse, así de gorda es. ¿Quién regresaría a eso, cuando tienes a tu reina tiznada?”
El guardia guapo sonrió. “¿Supongo que no la compartirá con nosotros después?”
“¿Estás loco? ¿Acaso piensas que se fija en alguno de nosotros? Joder, ni siquiera pronuncia nuestros nombres correctamente la mitad de las veces. Quizá era diferente con Clegane.”
“Ser no era de los que presenciaba las funciones de los bufones y putas elegantes. Cuando Ser quería una mujer, la tomaba, pero a veces nos permitía tenerla después. No me molestaría saborear a esa Perla Negra. ¿Piensas que es rosa entre sus piernas?”
Piedad quería oír más, pero no había tiempo. La Mano Ensangrentada estaba a punto de empezar, y Snapper estaría buscándola para ayudar con los disfraces. Izembaro podría ser el Rey de los Bufones, pero era a Snapper a quien todos temían. Tendría bastante tiempo para su bonito guardia después.

La Mano Ensangrentada abrió en un cementerio.

Cuando el enano apareció de repente por la parte trasera de una lápida de madera, la muchedumbre empezó a rechiflar y maldecir. Bobono se contoneó al frente de la plataforma y los miró de soslayo.
“El dios de siete rostros me timó,” dijo. “Mi noble señor fue hecho del más puro oro, y de oro hizo a mis hermanos, un chico y una chica. Pero a mí me formó de un material más oscuro, de huesos y sangre y barro… “
Por entonces Marro había aparecido detrás de él, lúgubre y terrible con la larga capa negra del Desconocido. Su cara también era negra, sus dientes rojos y brillantes de sangre, mientras los cuernos de marfil surgían de su frente. Bobono no podía verle, pero los balcones sí, y ahora el foso también. La Puerta cayó en un mortal silencio. Marro avanzó silenciosamente.

También Piedad. Todos los trajes estaban colgados, y Snapper estaba ocupada cosiendo el vestido de Daena para la escena en la corte, por lo que la ausencia de Piedad no debería notarse. Silenciosa como una sombra, se deslizó de nuevo hacia la parte trasera, y arriba hacia dónde los guardias estaban de pie fuera del palco del emisario. Situada en la alcoba en penumbras, inmóvil como una piedra, tenía una buena visión de su cara. Le estudió con cuidado para estar asegura. «¿Soy demasiado joven para él?», se preguntó. «¿Muy plana?» ¿Demasiado flaca?» Esperaba que no fuera la clase de hombre que gustaba de grandes senos en una chica. Bobono había tenido razón sobre su pecho. «Sería mejor si pudiese llevarlo a mi cuarto, lo tendría todo para mí. ¿Pero vendrá conmigo?»
“¿Piensas que podría ser él?”, estaba diciendo el bonito.
“¿Qué? ¿Acaso los Otros tomaron tus sesos?”
“¿Por qué no? ¿Es un enano, no?”
“El Gnomo no es el único enano en el mundo.”
“Quizá no, pero míralo aquí, todos decíamos que era listo, ¿verdad? Quizá aparece en el último lugar donde su hermana lo buscaría jamás, en un espectáculo de bufones, mofándose de sí mismo. Es lo que él justamente haría, para pellizcarle la nariz.”
“Ah, estás loco.”
“Bien, quizá lo seguiré después de la pantomima. Lo averigüe por mí mismo.” El guardia puso una mano en el puño de su espada. “Si tengo razón, seré un lord, y si estoy equivocado, joder, es sólo un enano.” Lanzó un ladrido por risa.

En el escenario, Bobono estaba negociando con Marro, el siniestro Desconocido. Tenía una voz fuerte para un pequeño hombre, y ahora la elevó hasta las vigas más altas.
“Dame la copa,” le dijo al Desconocido, “porque beberé mucho. Y si el sabe a oro y sangre de león, tanto mejor. Si no puedo ser el héroe, déjame ser el monstruo, y mostrarles el miedo en lugar del amor.”
Piedad pronunció las últimas frases con voz hueca junto con él. Eran sus mejores líneas y muy aptas además. «Él me querrá o no», pensó, «así que comience el juego.» Ella recitó una silenciosa oración al dios de muchos rostros, se deslizó de su alcoba, y se acercó a los guardias. «Piedad, Piedad, Piedad.» “¿Mis señores,” dijo, “habláis el Braavosi? Oh, por favor, decidme que sí.”
Los dos guardias intercambiaron una mirada. “¿Qué cosa está diciendo?”, preguntó el más viejo. “¿Quién es?”
“Uno de los bufones,” dijo el bonito. Apartó el pelo de su frente y sonrió. “Lo siento, dulzura, pero no hablamos tu idioma de monos.”

«Lío y plumas», pensó Piedad, «sólo conocen la Lengua Común. Eso no era bueno. Déjalo o sigue.» No podría dejarlo. Lo deseaba demasiado. “Sé vuestra lengua, un poco,” mintió, con la más dulce sonrisa de Piedad. “Sois señores de Poniente, dijo mi amigo.”
El anciano rió. “¿Señores? Sí, lo somos.”
Piedad miraba hacia abajo a sus pies, tan tímida. “Izembaro dijo que debemos complacer a los señores,” susurró. “Si hay algo que queréis, lo que sea… “
Los dos guardias intercambiaron una mirada. Entonces el guapo extendió la mano y le tocó el pecho. “¿Algo? “
“Eres asqueroso,” dijo el anciano.
“¿Por qué? Si este Izembaro quiere ser hospitalario, sería descortés negarse.” Pellizco su pezón a través del vestido, justo de la manera que lo había hecho el enano, cuándo ella estaba acomodando su polla. “Los bufones son la siguiente mejor cosa después de las putas.”
“Quizás, pero esta es una niña.”
“No lo soy,” mintió Piedad. “Ahora soy doncella.”
“No por mucho tiempo,” dijo el apuesto. “Yo soy Lord Rafford, dulzura, y sé lo que quiero. Ahora alza esas faldas, y apóyate contra la pared.”
“Aquí no”, dijo Piedad, sacudiéndose las manos. “No donde sucede la obra. Podría gritar, e Izembaro enloquecería”
“¿Dónde entonces?”
“Conozco un lugar”
El guardia viejo frunció el ceño. “¿Qué piensas, que sólo puedes largarte? ¿Qué si su señoría pregunta por ti?”
“¿Por qué habría de hacerlo? Tiene un espectáculo que ver. Y tiene a su propia puta, ¿Por qué no he de tener yo la mía? Esto no me llevará mucho tiempo.
«No», pensó ella, «no mucho».

Piedad lo tomó por la mano, lo guió por la parte trasera y los escalones hacia la nebulosa noche. “Podrías ser un bufón, si quisieras”, le dijo mientras él la empujaba contra la pared del local.
“¿Yo?” Bufó el guardia. “Yo no, chica. Toda esa maldita cháchara, no recordaría ni la mitad.”
“Es difícil al principio”, admitió ella. “Pero después de un tiempo se vuelve fácil. Yo podría enseñarte a recitar una línea. Podría.”
El la tomó de la muñeca. “Yo haré de maestro. Hora de tu primera lección.” La jaló con fuerza hacia sí mismo y la besó en los labios, forzando su lengua dentro de su boca. Estaba toda húmeda y resbalosa, como una anguila. Piedad lo lamió con su propia lengua, entonces se apartó, sin aliento. “Aquí no. Alguien puede vernos. Mi cuarto no está lejos, pero apresúrate. Tengo que estar de vuelta para el segundo acto, o me perderé mi violación.”
Él sonrió. “No temas por eso, chica.” Pero la dejó llevarlo tras de ella. Mano a mano corrieron a través de la niebla, sobre los puentes y a través de callejones y subieron cinco tramos de astilladas escaleras. El guardia jadeaba para cuando atravesaron la puerta de su pequeño cuarto. Piedad encendió una vela de cebo, luego bailoteó a su alrededor, entre risitas.
“Oh, ahora estás cansado. Olvidé lo viejo que eras, mi señor. ¿Quieres tomar una pequeña siesta? Sólo recuéstate y cierra los ojos, Y yo volveré después de que el gnomo haya terminado de violarme.”
“Tú no vas a ningún lado.” La jaló violentamente hacia él. “Quítate esos harapos, y te mostraré que tan viejo soy, chica.”
“Piedad”, dijo ella. “Mi nombre es Piedad. ¿Puedes repetirlo?”
“Piedad”, dijo. “Mi nombre es Raff.”
“Lo sé.” Deslizó su mano entre sus piernas, y sintió lo duro que estaba a través de la lana de sus calzones.
“Las lazadas”, la urgió. “Se una buena chica y desátalas”. En vez de eso ella deslizó su dedo abajo y a lo largo de su muslo. Él gruñó. “Maldición, con cuidado ahí, tu…”
Piedad dio un grito y se apartó, con el rostro confuso y asustado. “Estas sangrando.”
“Qué…“ Se miró a sí mismo. “Dioses tengan piedad. ¿Qué me hiciste, coño?” La mancha roja se extendió a través de su muslo, empapando el pesado tejido.
“Nada”, chilló Piedad. “Yo nunca... Oh, oh, hay mucha sangre. Detenla, detenla, me estas asustando.”
El sacudió la cabeza, con una mirada aturdida en su rostro. “Tráeme una toalla, un paño, haz presión con el. Dioses. Me siento mareado.” Su pierna estaba empapada de sangre del muslo hacia abajo. Cuando trató de recargarse en ella, su rodilla se dobló y cayó. “Ayúdame”, suplicó, mientras la entrepierna de sus calzones se enrojecía. “Madre ten piedad, chica. Un sanador… corre y encuentra un sanador, rápido.”
“Hay uno en el siguiente canal, pero no vendrá. Tienes que ir a él. ¿Puedes caminar?”
“¿Caminar?” Sus dedos estaban pegajosos de sangre. “¿Acaso estas ciega chica? Estoy sangrando como cerdo en matadero. No puedo caminar así.”
“Bueno”, dijo ella, “No sé cómo llegarás ahí entonces.”
“Tienes que llevarme.”

“¿Ves?”, pensó Piedad. “Conoces tu diálogo, y yo también.”
“¿Eso crees?” respondió Arya dulcemente.

Raff el Dulce miró hacia arriba mientras la larga y delgada daga venía deslizándose de su manga. Ella la deslizó a través de su garganta debajo de la barbilla, la giró, y la arrancó con un solo y suave tajo. Una fina lluvia roja le siguió, y en sus ojos la luz se apagó.
“Valar Morghulis”, susurró Arya, pero Raff estaba muerto y no la escuchó. Olfateó. “Debí de de haberle ayudado a bajar las escaleras antes de matarle. Ahora necesitaré arrastrarlo todo el camino al canal y rodarlo.” Las anguilas se encargarían del resto.

“Piedad, Piedad, Piedad”, cantó tristemente. Una chica atolondrada había sido, pero de buen corazón. La extrañaría, y extrañaría a Daena y a los demás, incluso a Izembaro y Bobono. Esto sería un problema para el Señor del Mar y el enviado con el pollo en el pecho, no lo dudaba.
Sin embargo, pensaría en ello después. Ahora no había tiempo. “Debo apresurarme.”
Piedad aún tenía algunos diálogos por decir, su primer y su último diálogo, e Izembaro tendría su hermosa, pequeña y vacía cabeza si llegaba tarde para su propia violación.



Excerpt from THE WINDS OF WINTER
© 2014 George R.R. Martin. All rights.




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