Vientos de Invierno - capítulo de Theon


Vientos de Invierno

Vientos de Invierno

Canción de Hielo y Fuego

 
 


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En ésta página he colgado el capítulo de THEON
(Spoilers, obviamente)

Theon Greyjoy

Theon

La voz del rey estaba estrangulada por la ira. – Eres peor pirata que Salladhor Saan.

Theon Greyjoy abrió los ojos. Sus hombros le ardían y no podía mover las manos. Durante un segundo temió estar de vuelta en su vieja celda bajo Fuerte Terror, que el revoltijo de recuerdos en su cabeza no fuera más que el residuo de algún sueño febril. «Estaba dormido», se percató. Eso, o se había desmayado por el dolor. Cuando intentó moverse, se movió de un lado a otro, con la piedra raspándole la espalda. Estaba colgando de un muro dentro de una torre, con las muñecas encadenadas a un par de aros de hierro aherrumbrado. 
El aire apestaba a turba quemada. El suelo estaba lleno de una suciedad compacta. Unos escalones de madera bajaban en espiral por el interior de los muros hasta el suelo. No vio ventanas. La torre era húmeda y fría, oscura, e incómoda, sus únicos muebles eran una silla con respaldo alto y una mesa arañada apoyada en tres caballetes. No había un baño a la vista, aunque Theon vio una bacenilla en un nicho en las sombras. La única luz provenía de las velas de la mesa. Sus pies colgaban a más de metro y medio del suelo.

- Las deudas de mi hermano – estaba murmurando el rey-. Las de Joffrey también, aunque aquella abominación bastarda no era pariente mío. -Theon se agitó en sus cadenas. Conocía aquella voz. «Stannis».
Theon Greyjoy se rió. Una cuchillada de dolor atravesó sus brazos, desde los hombros hasta las muñecas. Todo lo que había hecho, todo lo que había sufrido, el Foso Cailin y Barrowton, e Invernalia, Abel y sus lavanderas, Crowfood y sus Umbers, el viaje a través de la nieve; todo sólo había servido para cambiar un torturador por otro.
- Alteza -dijo suavemente una segunda voz-. Perdón, pero vuestra tinta está congelada. 
«El Braavosi», Theon lo sabía. ¿Cómo se llamaba? Tycho… Tycho algo… 
– ¿Quizás con un poco de calor…?
- Conozco un modo más rápido. – Stannis sacó su daga. Por un instante Theon pensó que pretendía apuñalar al banquero. «Nunca sacará una gota de sangre de ese, mi señor», le habría dicho. El rey apoyó la hoja del cuchillo contra la yema de su pulgar izquierdo, e hizo un corte. – Así. Firmaré con mi propia sangre. Eso debería hacer feliz a tu señor.
- Si eso agrada a su Alteza, agradará al Banco de Hierro.
Stannis mojó una pluma en la sangre que manaba de su pulgar y estampó su nombre en el pedazo de pergamino. – Partirás hoy. Lord Bolton seguramente esté sobre nosotros muy pronto. No puedo dejar que quedes atrapado en la batalla.
- Yo también lo preferiría así. – El Braavosi deslizó el rollo de pergamino en un cilindro de madera-. Espero tener el honor de llamarle Alteza de nuevo cuando esté sentado en su Trono de Hierro.
- Esperas tener tu oro, querrás decir. Ahórrate tus cortesías. Es moneda lo que necesito de Braavos, no cortesía hueca. Dile al guardia de fuera que necesito ver a Justin Massey.
- Será un placer. El Banco de Hierro siempre se alegra de ser útil. – El banquero hizo una reverencia.

Mientras se iba, entró otro; un caballero. «Los caballeros del rey habían estado yendo y viniendo toda la noche», recordó Theon débilmente. Este parecía ser el de confianza del rey. Enjuto, de cabello oscuro, con ojos severos, su rostro estropeado con picadas de viruela y viejas cicatrices, llevaba puesto una cota descolorida adornada con tres polillas. 
– Señor – anunció-. el maestre está fuera. Y Lord Arnolf envía el mensaje de que se alegraría de desayunar con usted.
- ¿El hijo también?
- Y los nietos. Lord Wull también pide audiencia. Quiere…
- Sé lo que quiere. – El rey señaló a Theon-. A él. Wull lo quiere muerto. Flint, Norrey… todos ellos lo quieren muerto. Por los chicos que asesinó. Venganza por su precioso Ned.
- ¿Les hará ese favor?
- Ahora mismo, el cambiacapas me es más útil vivo. Tiene conocimientos que podríamos necesitar. Haz entrar a este maestre. – El rey cogió un pergamino de la mesa y entornó los ojos sobre él. 
«Una carta», Theon lo sabía. Su sello roto era de cera negra, dura y brillante. «Sé lo que dice», pensó, entre risitas.
Stannis levantó la vista. – El cambiacapas se está despertando.
- Theon. Me llamo Theon. – Tuvo que recordar su nombre.
- Sé tu nombre. Sé lo que hiciste.
- La salvé. – El muro exterior de Invernalia tenía veinticinco metros de alto, pero bajo el punto del cual había saltado las nieves se habían apilado hasta una altura mayor de diez metros. Una almohada fría y blanca. La chica se había llevado la peor parte. «Jeyne, su nombre es Jeyne, pero nunca se lo dirá». Theon había aterrizado sobre ella, y se había roto algunas costillas. – Salvé a la chica – dijo -. Volamos.
Stannis soltó una risotada. – Caistéis. Umber la salvó. Si Mors Crowfood y sus hombres no hubieran estado fuera del castillo, Bolton os habría cogido en poco rato.

«Crowfood». Theon recordó. Un viejo, grande y poderoso, con un rostro rubicundo y una barba blanca enmarañada. Estaba sobre un caballo, vestido con la piel de un oso de nieve gigantesco, su cabeza con capucha. Debajo llevaba un parche de cuero blanco manchado sobre el ojo que le recordó a Theon a su tío Euron. Él había querido arrancarlo de la cara de Umber, para ver si era cierto que debajo había sólo un hueco vacío, no un ojo negro que brillaba con malicia. En su lugar había murmurado entre sus dientes rotos y dicho: -Soy…
-…un cambiacapas y un matarreyes, -había terminado Crowfood-. Reprime esa lengua mentirosa, o la perderás.
Pero Umber había mirado a la chica más de cerca, entrecerrando su único ojo bueno. – ¿Eres la hija pequeña?
Y Jeyne había asentido. – Arya. Me llamo Arya.
- Arya de Invernalia, sí. La última vez que estuve dentro de esos muros, vuestro cocinero nos sirvió un filete y pastel de riñón. Cocinado con cerveza, creo, el mejor que he probado. ¿Cómo se llamaba, ese cocinero?
- Gage – dijo Jeyne enseguida-. Era un buen cocinero. Hacía pasteles de limón para Sansa siempre que teníamos limones.
Crowfood se mesó la barba. – Ahora está muerto, supongo. Ese herrero vuestro también. Un hombre que conocía su acero. ¿Cómo se llamaba?
Jeyne había dudado. 
«Mikken», pensó Theon. «Se llamaba Mikken.» El herrero del castillo nunca había hecho ningún pastel de limón para Sansa, lo cual lo había hecho menos importante que el cocinero del castillo en el duce pequeño mundo que había compartido con su amiga Jeyne Poole. «Recuerda, maldita seas. Tu padre era el administrador, tenía a cargo a todo el personal.» El nombre del herrero era Mikken, Mikken, Mikken. ¡Lo hice ejecutar delante de mí!
- Mikken – dijo Jeyne.
Mors Umber había gruñido. – Sí. – Lo que dijo o hizo a continuación nunca lo supo Theon, porque fue entonces cuando el chico entró corriendo, agarrando una lanza y gritando que los rastrillos de la puerta principal de Invernalia estaban levantándose. Y cómo había sonreído Crowfood ante eso. 

Theon se removió en sus cadenas, y miró hacia abajo, al rey. – Crowfood nos encontró, sí, nos envió aquí, pero fui yo quien la salvó. Pregúntele. 
«Ella se lo diría.»
- Me has salvado -había susurrado Jeyne, mientras él la llevaba por la nieve. Estaba pálida de dolor, pero le había pasado una mano por la mejilla y había sonreído. 
– He salvado a Lady Arya – le contestó susurrando Theon. Y luego de repente todas las lanzas de Mors Umber les habían rodeado. – ¿Es este mi agradecimiento? – preguntó a Stannis, golpeándose un poco contra el muro. Sus hombros le dolían muchísimo. Su propio peso los estaba dislocando. ¿Durante cuánto tiempo había estado colgando? ¿Todavía era de noche fuera? La torre no tenía ventanas, no tenía forma de saberlo.
- Quíteme las cadenas, y le serviré.
- ¿Como has servido a Roose Bolton y Robb Stark? – resopló Stannis -. Creo que no. Tenemos un final más cálido en mente para ti, cambiacapas. Pero no hasta que hayamos terminado contigo.
«Pretende matarme.» El pensamiento era extrañamente tranquilizador. La muerte no asustaba a Theon Greyjoy. La muerte podía significar un final para el dolor. – Termine conmigo, entonces – animó al rey -. Córteme la cabeza y clávela en una estaca. Asesiné a los hijos de Lord Eddard, debería morir. Pero hágalo rápido. Ya viene.
- ¿Quién viene? ¿Bolton?
- Lord Ramsay – siseó Theon -. El hijo, no el padre. No puede dejarle que lo coja. Roose… Roose está a salvo dentro de los muros de Invernalia con su nueva y gorda esposa. Ramsay se acerca.
- Ramsay Nieve, quieres decir. El Bastardo.
- ¡Nunca le llame eso! – Salieron escupitajos de los labios de Theon -. Ramsay Bolton, no Ramsay Nieve, nunca Nieve, nunca, tiene que recordar su nombre, o le hará daño.
- Le animo a intentarlo. Con el nombre que quiera.

La puerta se abrió con una ráfaga de frío viento negro y un remolino de nieve. El caballero de las polillas había vuelto con el maestre que el rey había enviado a buscar, con sus ropajes grises ocultos bajo una piel pesada de oso. Detrás de ellos llegaron otros caballeros, cada uno llevando un cuervo en una jaula. Uno era el hombre que había estado con Asha cuando el banquero se lo entregó a ella, un hombre fornido con un cerdo alado en su cota. El otro era más alto, con hombros anchos y fuerte. La placa del pecho del hombre grande era de acero plateado con incrustaciones de niel; aunque arañada y abollada, brillaba a la luz de las velas. La capa que llevaba encima estaba sujeta con un corazón ardiente. 
- Maestre Tybald – anunció el caballero de las polillas.
El maestre se arrodilló. Era pelirrojo y tenía los hombros redondos, con ojos juntos que se movieron rápidamente para mirar a Theon colgando del muro. – Su Alteza. ¿Cómo puedo servirle?
Stannis no respondió al principio. Estudió al hombre ante él, con el ceño fruncido. – Levántate. – El maestre se levantó -. Eres maestre en Fuerte Terror. ¿Cómo es que estás con nosotros?
- Lord Arnolf me trajo para atender a los heridos. 
- ¿A los heridos? ¿O a sus cuervos?
- A ambos, su Alteza.
- Ambos. -Stannis escupió la palabra -. El cuervo de un maestre vuela a un lugar, y solo a un lugar. ¿Es eso correcto?
El maestre se quitó el sudor de su frente con una manga. – No todos, Alteza. La mayoría, sí. A algunos se les puede enseñar a volar entre dos castillos. Esos pájaros están muy cotizados. Y una vez entre muchas, encontramos a un cuervo que puede aprender los nombres de tres o cuatro o cinco castillos, y vuela a cada uno cuando se le ordena. Los pájaros así de listos solo aparecen una vez cada cien años. 
Stannis hizo un gesto a los pájaros negros de las jaulas. – Estos no son tan listos, supongo.
- No, Alteza. Ojalá lo fueran.
- Dime, entonces. ¿A dónde están entrenados a volar?
El maestre Tybald no contestó. Theon Greyjoy agitó sus pies débilmente, y se rió entre dientes. «¡Pillado!»
- Contéstame. Si liberásemos a esos pájaros, ¿volverían a Fuerte Terror? – El rey se inclinó hacia delante -. ¿O puede que volasen a Invernalia, en lugar de eso?
El maestre Tybald se meó encima. Theon no pudo ver la mancha oscura extediéndose desde donde estaba, pero el olor de la orina era agudo y fuerte.
- El maestre Tybald ha perdido la voz – hizo notar Stannis a sus caballeros -. Godry, ¿cuántas jaulas has encontrado?
- Tres, Alteza – dijo el caballero grande con la placa del pecho plateada -. Una estaba vacía.
- A-Alteza, mi orden ha jurado servir, nosotros…
- Sé todo sobre tus votos. Lo que quiero saber es qué había en la carta que enviaste a Invernalia. ¿Tal vez le contaste a Lord Bolton donde encontrarnos?
- S-Señor. – Tybald, el de los hombros redondos, se puso firme con orgullo -. La reglas de mi orden me prohíben divulgar los contenidos de las cartas de Lord Arnolf.
- Tus votos son más fuertes que tu vejiga, parece.
- Su Alteza debe entender…
- ¿Debo? – Se encogió de hombros el rey -. Si tú lo dices. Eres un hombre sabio, después de todo. Tuve un maestre en Rocadragón que casi era un padre para mí. Tengo gran respeto por tu orden y tus votos. Ser Clayton, sin embargo, no comparte mis sentimientos. Aprendió todo lo que sabe en los callejones de Lecho de Pulgas. Si te pongo a su cargo, podría estrangularte con tu propia cadena y sacarte un ojo con una cuchara.
- Solo uno, Alteza – afirmó el caballero calvo, el del cerdo alado -. Dejaría el otro.
- ¿Cuántos ojos necesita un maestre para leer una carta? – preguntó Stannis -. Uno bastaría, creo. No querría dejarte incapaz de cumplir tus deberes hacia tu señor. Los hombres de Bolton bien pueden estar en camino para atacarnos ahora mismo, sin embargo, así que tienes que entender que deje de lado ciertas cortesías. Te lo preguntaré una vez más. ¿Qué había en ese mensaje que enviaste a Invernalia?
El maestre se estremeció. – Un m-mapa, Alteza.
El rey se echó hacia atrás en su silla. – Sacadle de aquí – ordenó -. Dejad a los cuervos. -Tenía una vena palpitando en su cuello. -Confinad a este desdichado gris a una de las jaulas hasta que decida lo que hay que hacer con él.
- Se hará -declaró el caballero grande. El maestre desapareció en otra ráfaga de frío y nieve. Solo el caballero de las tres polillas se quedó.

Stannis miró hacia donde colgaba Theon. – No eres el único cambiacapas, parece. Si todos los señores de los Siete Reinos no tuvieran sino un solo cuello… – Se giró hacia su caballero -. Ser Richard, mientras desayuno con Lord Arnolf, desarma a sus hombres y ponlos bajo custodia. Muchos estarán dormidos. No les hagáis daño, a menos que se resistan. Puede que no lo sepan. Interroga a algunos sobre ese punto… pero con dulzura. Si no tienen conocimiento de esta traición, tendrán la oportunidad de probar su lealtad. – Agitó una mano como despedida. – Haz que venga Justin Massey.
«Otro caballero», Theon lo supo cuando Massey entró. Este era rubio, con una barba rubia limpiamente recortada y cabello liso y grueso tan pálido que parecía más blanco que rubio. Su túnica mostraba la triple espiral, un sigil de una Casa antigua. – Me han dicho que su Alteza necesita de mí – dijo, sobre una rodilla.
Stannis asintió. – Escoltarás al banquero Braavosi hasta el Muro. Elige a seis buenos hombres y lleva doce caballos.
- ¿Para montarlos o comerlos?
Al rey no le hizo gracia. – Te quiero fuera antes de mediodía, ser. Lord Bolton podría estar sobre nosotros en cualquier momento, y es imperativo que el banquero vuelva a Braavos. Le acompañaréis a través del Mar Angosto.
- Si va a haber una batalla, mi lugar está aquí junto a vos.
- Tu lugar es donde yo diga. Tengo quinientas espadas tan buenas como la tuya, o mejores, pero tienes unos modales agradables y lengua locuaz, y eso será más útil para mí en Braavos que aquí. El Banco de Hierro ha abierto sus cofres para mí. Cogerás su moneda y alquilarás barcos y mercenarios. Una compañía de buena reputación, si puedes encontrar una. La Compañía Dorada sería mi primera elección, si no están contratados ya. Búscalos en las Tierras Disputadas, si es necesario. Pero primero contrata tantas espadas como puedas encontrar en Braavos, y envíamelas por medio de la Guardia del Este. Arqueros también, necesitamos más arcos.
El cabello de Justin le había caído sobre un ojo. Lo echó hacia atrás y dijo, – Los capitanes de las compañías libres se unirán a un señor con mayor disposición que a un simple caballero, Alteza. No tengo tierras ni título, ¿Por qué iban a venderme sus espadas a mí?
- Si vas a ellos con las manos llenas de dragones de oro – dijo el rey, con un tono ácido -. Eso debería persuadirles. Veinte mil hombres serían suficientes. No vuelvas con menos. 
- Señor, ¿puedo hablar con libertad?
- Si lo haces rápido, sí.
- Su Alteza debería ir a Braavos con el banquero.
- ¿Es ese tu consejo? ¿Que debo huir? – El rostro del rey se ensombreció -. También fue tu consejo en Aguasnegras, recuerdo. Cuando la batalla se puso en nuestra contra, dejé que tú y Horpe me apuraráis de vuelta a Rocadragón como un perro apaleado.
- El día estaba perdido, Alteza.
- Sí, eso fue lo que dijiste. ‘El día está perdido, señor. Ahora vayámonos, podrá luchar después‘. Y ahora quieres que corra al otro lado del Mar Angosto…
- …para conseguir un ejército, sí. Como Bittersteel hizo tras la Batalla de Redgrass Field, donde cayó Daemon Fuegoscuro. 
- No me des lecciones de historia, ser. Daemon Fuegoscuro era un rebelde y un usurpador, Bittersteel un bastardo. Cuando huyó, juró que volvería para colocar a un hijo de Daemon en el Trono de HIerro. Nunca lo hizo. Las palabras se las lleva el viento, y el viento que empuja a exiliados a través del Mar Angosto raramente los trae de regreso. Ese chico Viserys Targaryen también habló de volver. Se me escurrió entre los dedos en Rocadragón, solo para pasar su vida intentando conseguir mercenarios. "El Rey Mendigo", le llamaban en las Ciudades Libres. Bien, yo no rogaré, ni huiré de nuevo. Soy el heredero de Robert, el rey por derecho de Poniente. Mi lugar está con mis hombres. El tuyo está en Braavos. Ve con el banquero, y haz lo que he ordenado.
- Como ordene – dijo Ser Justin.
- Puede que perdamos esta batalla – dijo amargamente el rey -. En Braavos puede que escuches que estoy muerto. Puede que incluso sea verdad. Aún así, debes encontrar a mis mercenarios.
El caballero dudó. – Alteza, si está muerto…
- …vengarás mi muerte, y sentarás a mi hija sobre el Trono de Hierro. O morirás en el intento.
Ser Justin colocó una mano sobre la empuñadura de su espada. – Sobre mi honor como caballero, tiene mi palabra.
- Oh, y llévate a la chica Stark contigo. Entregásela al Lord Comandante Nieve en tu camino hacia Guardia del Este. – Stannis tocó el pergamino que había ante él-. Un verdadero rey paga sus deudas.

«Págalas», sí, pensó Theon. «Págalas con falsa moneda». Jon Nieve se daría cuenta del engaño al momento. El plomizo bastardo de Lord Stark había conocido a Jeyne Poole, y siempre había sentido cariño por su media hermana pequeña Arya.
- Los hermanos negros te acompañarán hasta Castillo Negro – continuó el rey -. Los hombres de hierro tienen que permanecer aquí, supuestamente para luchar por nosotros. Otro regalo de Tycho Nestoris. Además, solo harían más lenta tu marcha. Los hombres de hierro están hechos para barcos, no caballos. Lady Arya debería tener una compañera también. Lleva a Alysane Mormont.
Ser Justin se echó el pelo hacia atrás de nuevo. – ¿Y Lady Asha?
El rey lo consideró un momento. – No.
- Un día su Alteza necesitará tomar las Islas del Hierro. Eso será mucho más fácil con la hija de Balon Greyjoy como rehén, con uno de sus hombres leales como su señor esposo.
- ¿Tú? -El rey frunció el ceño-. La mujer está casada, Justin.
- Un matrimonio por poderes, nunca consumado. Fácil de dejar de lado. Además el novio es viejo. Parece que puede morir pronto.
«Por una espada en su barriga si tienes oportunidad, ser gusano». Theon sabía cómo pensaban estos caballeros.
Stannis apretó los labios. – Sírveme bien en este tema de los mercenarios, y puede que consigas lo que quieres. Hasta ese momento, la mujer tiene que ser mi cautiva.
Ser Justin bajó la cabeza. – Comprendo.
Esto solo pareció irritar al rey. – Tu comprensión no es necesaria. Solo tu obediencia. Vete, ser.

Esta vez, cuando el caballero se fue, el mundo más allá de la puerta parecía más blanco que negro.
Stannis Baratheon se puso a pasear. La torre era pequeña, fría y húmeda y con poco sitio. Unos pocos pasos acercaron al rey a Theon. 
- ¿Cuántos hombres tiene Bolton en Invernalia?
- Cinco mil. Seis. Más. – Le obsequió al rey con una sonrisa horrenda, todo dientes rotos y astillas -. Más que vos.
- ¿Cuántos de esos enviará contra nosotros?
- No más de la mitad. – Era una suposición, claro, pero le parecía correcta. Roose Bolton no era un hombre que se adentrara a ciegas en la nieve, con mapa o no. Mantendría a su mayor fuerza en reserva, manteniendo sus mejores hombres con él, confiando en el gigante muro doble de Invernalia -. El castillo estaba demasiado abarrotado. Los hombres estaban unos sobre los otros, los Manderlys y los Freys especialmente. Es a ellos a quien su señoría habrá enviado aquí, de los que se quiere librar.
- Wyman Manderly. – La boca del rey se torció con desprecio -. El lord demasiado-gordo-para-montar-un-caballo. Demasiado gordo para venir a mí, aunque va a Invernalia. Demasiado gordo para doblar la rodilla y jurarme su espada, aunque ahora se la ha dado a Bolton. Envié a mi Caballero de la Cebolla a tratar con él, y el Lord Demasiado-Gordo lo asesinó y puso su cabeza y manos en los muros de Puerto Blanco para que los Freys se mofaran. Y los Freys… ¿se ha olvidado la Boda Roja?
- El norte recuerda. La Boda Roja, los dedos de Lady Hornwood, el saqueo de Invernalia, Deepwood Motte y Ciudadela de Torrhen, recuerdan todo. – Bran y Rickon. «Eran los únicos hijos del molinero». – Frey y Manderly nunca unirán sus fuerzas. Vendrán a por vos, pero de forma separada. Lord Ramsay no irá muy lejos de ellos. Quiere a su novia de regreso. Quiere a su Hediondo. – La risa de Theon era a medias una risita ahogada, a medias un escalofrío. – Lord Ramsay es al único que su Alteza debería temer. 
Stannis se erizó al oír eso. – Derroté a tu tío Victarion y a su Flota de Hierro en Isla Bella, la primera vez que tu padre se coronó. Protegí Bastión de Tormentas contra el poder del Dominio durante un año, y tomé Rocadragón de los Targaryens. Aplasté a Mance Rayder en el Muro, aunque tenía veinte veces mis hombres. Dime, cambiacapas, ¿qué batallas ha ganado el Bastardo de Bolton por las cuales deba temerle?
¡No debe llamarle así! Una ola de dolor recorrió a Theon Greyjoy. Cerró sus ojos e hizo una mueca. Cuando los abrió de nuevo, dijo: – No lo conoce.
- No más de lo que él me conoce a mí.
- Me conoce – gritó uno de los cuervos que el maestre había dejado. Agitó sus grandes alas negras contra los barrotes de su jaula. 
- Conoce. – Gritó de nuevo.
Stannis se giró. – Detened ese ruido. 

Tras él, la puerta se abrió. Los Karstaks habían llegado.
Inclinado y retorcido, el castellano de Karhold se apoyaba pesadamente sobre su bastón cuando caminó hacia la mesa. La capa de Lord Arnolf era de fina lana gris, ribeteada con marta negra y abrochada con una estrella plateada. «Una rica prenda, pensó Theon, «sobre una pobre excusa de hombre. Había visto esa capa antes, lo sabía, como había visto al hombre que la llevaba. «En Fuerte Terror. Recuerdo.» Se sentó y cenó con Lord Ramsay y Mataputas Umber, la noche que habían sacado a Hediondo de su celda.
El hombre a su lado él solo podía ser su hijo. «Cincuenta», juzgó Theon, con una suave cara redonda como la de su padre, si Lord Arnolf estuviese gordo. Tras él iban tres hombres más jóvenes. «Los nietos», conjeturó. Uno llevaba una cota de malla. El resto estaban vestidos para desayunar, no para la batalla. «Idiotas.»
- Alteza. – Arnolf Karstak inclinó la cabeza -. Un honor. -Buscó asiento. En su lugar sus ojos encontraron a Theon. – ¿Y quién es este? -El reconocimiento llegó un instante después. Lord Arnolf palideció. 
Su estúpido hijo permaneció ignorante de ello. – No hay sillas – observó el zoquete. 
Uno de los cuervos gritó dentro de su jaula.
- Solo la mía. – El Rey Stannis se sentó en ella -. No es el Trono de Hierro, pero está aquí y ahora sirve. – Una docena de hombres se habían puesto en fila contra la puerta de la torre, liderados por el caballero de las polillas y el hombre grande con la placa del pecho plateada. – Sois hombres muertos, entended eso – continuó el rey -, solo la forma de morir sigue estando sin determinar. Debería aconsejaros que no me hagáis perder el tiempo con negaciones. Confesad, y tendréis el mismo fin rápido que el Joven Lobo le dio a Lord Rickard. Mentid, y arderéis. Escoged.
- Escojo esto. -Uno de los nietos agarró la empuñadura de su espada, e intentó sacarla.
Eso probó ser una pobre elección. La espada del nieto ni siquiera había salido de su funda antes de que dos de los caballeros del rey estuvieran sobre él. Terminó con su antebrazo sobre la suciedad y con sangre saliendo de su muñón, y uno de sus hermanos dando traspiés por la escalera, agarrándose una herida en el vientre. Subió seis peldaños antes de caer, y cayó hacia atrás al suelo.
Ni Arnolf Karstark ni su hijo se movieron.
- Llevaoslos – ordenó el rey -. Su visión me revuelve el estómago. -En unos momentos, los cinco hombres estaban atados y fuera de allí. El que había perdido el brazo de la espada se había desmayado por la pérdida de sangre, pero su hermano con la herida en el vientre gritaba por los dos. – Así es como trato la traición, cambiacapas – informó Stannis a Theon.
- Me llamo Theon.
- Como sea. Dime, Theon, ¿cuántos hombres tenía Mors Umber con él en Invernalia?
- Ninguno. Ningún hombre. -Sonrió ante su propio ingenio-. Tenía chicos. Los vi. -Además de un puñado de sargentos medio lisiados, los guerreros que Crowfood había traído del Último Hogar eran a duras penas lo bastante mayores para afeitarse-. Sus lanzas y hachas eran más viejas que las manos que las sostenían. Era Mataputas Umber quien tenía a los hombres, dentro del castillo. Los vi, también. Hombres viejos, todos. -Theon se rió-. Mors llevó a los chicos verdes y Hother a los barbas grises. Todos los hombrse de verdad fueron con el Gran Jon y murieron en la Boda Roja. ¿Es lo que quería saber, Alteza?
El Rey Stannis ignoró la pulla. -Chicos -fue todo lo que dijo, disgustado-. Los chicos no retendrán a Lord Bolton mucho tiempo.
-No mucho tiempo -estuvo de acuerdo Theon-. No mucho, en absoluto.
-No mucho -gritó el cuervo desde su jaula.
El rey le dedicó al pájaro una mirada irritada-. Ese banquero Braavosi afirmó que Ser Aenys Frey está muerto. ¿Lo hizo algún chico?
-Veinte chicos verdes, con picas -le dijo Theon-. La nieve cayó muy fuerte durante días. Tan fuerte que no podías ver los muros del castillo a veinte metros, no más que los hombres en las almenas podían ver lo que ocurría más allá de esos muros. Así que Crowfood hizo que sus chicos cavaran hoyos fuera de las puertas del castillo, luego sopló su cuerno para atraer a Lord Bolton fuera. En lugar de eso consiguió a los Freys. La nieve había cubierto los hoyos, así que cayeron en ellos. Aenys se rompió el cuello, he oído, pero Ser Hosteen solo perdió un caballo, más grande fue la pena. Estará furioso.
Extrañamente, Stannis sonrió. – Los enemigos furiosos no me preocupan. La rabia hace a los hombres estúpidos, y Hosteen Frey era estúpido desde el comienzo, si la mitad de lo que he oído de él es cierto. Que venga.
- Lo hará.
- Bolton se equivocó -declaró el rey-. Todo lo que tenía que hacer era sentarse dentro de su castillo mientras nos morimos de hambre. En lugar de eso ha enviado una parte de sus fuerzas para darnos batalla. Sus caballeros irán a caballo, los nuestros deberán luchar a pie. Sus hombres estarán bien nutridos y los nuestros irán a batallar con el estómago vacío. No importa. Ser Estúpido, Lord Demasiado-Gordo, el Bastardo, que vengan. Tenemos la tierra, y eso va a ser nuestra ventaja.
- ¿La tierra? -dijo Theon-. ¿Qué tierra? ¿Aquí? ¿Este miserable torreón? ¿Este infeliz pueblo pequeño? No tiene terreno elevado aquí, ni muros para esconderte, ni defensas naturales.
- Aún.
- Aún, -gritaron los dos cuervos al unísono. Luego uno graznó, y el otro murmuró: -Árbol, árbol, árbol.

La puerta se abrió. Más allá, el mundo era blanco. El caballero de las tres polillas entró, con las piernas manchadas de nieve. Sacudió los pies para sacudírsela y dijo: – Alteza, los Karstarks fueron apresados. Unos pocos se han resistido, y han muerto por ello. La mayoría de ellos estaban demasiado confusos, y se rindieron en silencio. Los hemos reunido en el gran salón y están confinados allí.
- Bien hecho.
- Dicen que no lo sabían. Los que he interrogado.
- Es posible.
- Podríamos interrogarlos de forma más concienzuda…
- No. Los creo. Karstark nunca esperaría que su traición fuera un secreto si hubiera compartido sus planes con todos los hombres a su servicio. Algún lancero borracho lo hubiera soltado una noche cuando se acostara con una prostituta. No tenían por qué saberlo. Son hombres de Karhold. Cuando llegara el momento hubieran obedecido a sus señores, como habían hecho toda su vida. 
- Como diga, Señor.
- ¿Qué hay de nuestras pérdidas?
- Uno de los hombres de Lord Peasebury ha sido asesinado, y dos de los míos han sido heridos. Si agrada a su Alteza, sin embargo, los hombres están cada vez más ansiosos. Hay cientos de ellos alrededor de la torre, preguntánddose qué ha ocurrido. Hay palabras de traición en todos los labios. Nadie sabe en quién confiar, o a quién arrestarán a continuación. Especialmente los norteños…
- Necesito hablar con ellos. ¿Todavía espera Wull?
- Él y Artos Flint. ¿Los recibirá?
- En breve. A la kraken primero.
- Como ordene. -El caballero salió.

«Mi hermana», pensó Theon, «mi dulce hermana». había perdido toda la sensibilidad en sus brazos, sintió retorcerse sus entrañas, igual que cuando aquel Braavosi sin sangre le había presentado a Asha como un "regalo". El recuerdo todavía dolía. El fuerte y calvo caballero que había estado con ella no había perdido el tiempo gritando para pedir ayuda, así que no habían tenido más que unos momentos antes de que Theon fuese llevado para enfrentarse al rey. Había sido suficiente. Había odiado la mirada en el rostro de Asha cuando se dio cuenta de quién era él; el asombro en sus ojos, la piedad en su voz, el modo en que su boca se torció con repugnancia. En lugar de darse prisa para abrazarlo, había retrocedido medio paso. – ¿El Bastardo te ha hecho esto? – había preguntado.
- No le llames así. -Entonces las palabras salieron de Theon al momento. Intentó contárselo todo, sobre Hediondo y Fuerte Terror y Kyra y las llaves, cómo Lord Ramsay nunca quitaba nada más que piel a no ser que lo suplicases. Le contó cómo había salvado a la chica, saltando del muro del castillo sobre la nieve. – Volamos. Haz que Abel haga una canción de eso, volamos. -Luego tuvo que contarle quien era Abel, y hablar sobre las lavanderas que no eran lavanderas. Para entonces Theon sabía cómo de extraño e incoherente sonaba todo esto, y aún así no pudo detener las palabras. Tenía frío, estaba enfermo y cansado… y débil, tan débil, muy débil. 
«Tenía que entender. Es mi hermana.» Nunca quiso hacerle ningún daño a Bran o Rickon. Hediondo le hizo matar a esos niños, no él Hediondo sino el otro. -No soy un matarreyes -insistió. Le contó cómo se había acostado con las perras de Ramsay, le avisó que Invernalia estaba llena de fantasmas. – Las espadas habían desaparecido. Cuatro, creo, o cinco. No recuerdo. Los reyes de piedra están furiosos. -Estaba temblando para entonces, temblando como una hoja en otoño. -El árbol corazón sabía mi nombre. Los dioses antiguos. «Theon», los escuché susurrar. No había viento pero las hojas se movían. «Theon», dijeron. Me llamo Theon. -Estuvo bien decir el hombre. Cuanto más lo decía, menos parecía que fuera a olvidar. -Tienes que saber tu nombre -le había dicho a su hermana. -Tú… tú me has dicho que eras Esgred, pero era una mentira. Te llamas Asha.
- Sí -Había dicho su hermana, tan suavamente que él temió que fuera a llorar. Theon odió eso. Odiaba que las mujeres llorasen. Jeyne Pole había llorado todo el camino desde Invernalia hasta aquí, lloró hasta que su cara estuvo morada como una remolacha y las lágrimas se congelaron en sus mejillas, y todo porque le contó que tenía que ser Arya, o de otro modo los lobos los enviarían de vuelta. -Te han entrenado para un burdel -le recordó, murmurando en su oído para que los otros no pudieran escuchar. -Jeyne es casi una puta, tienes que seguir siendo Arya. -No quería herirla. Era por su propio bien, y por el de él. «Tiene que recordar su nombre». Cuando la punta de su nariz se puso negra por la congelación, y uno de los jinetes de la Guardia de la Noche le dijo que podría perder un trozo, Jeyne también había llorado. -A nadie le importa qué aspecto tiene Arya, en tanto en cuanto es la heredera de Invernalia -le aseguró. – Cien hombres querrán casarse con ella. Mil.

El recuerdo hizo que Theon se retorciera. -Déjeme bajar -suplicó-. Solo un rato, luego podrá colgarme de nuevo. 
Stannis Baratheon levantó la vista hacia él, pero no contestó. 
-Árbol -gritó un cuervo. - Árbol, árbol, árbol.
Luego otro pájaro dijo - Theon, de forma tan clara como el día, cuando llegó Asha.
Qarl la Doncella estaba con ella, y Tristifer Botley. Theon conocía a Botley desde que eran niños, en Pyke. «¿Por qué ha traído a sus mascotas? ¿Me quiere liberar? Terminarían del mismo modo que los Karstarks, si lo intentaban.»
El rey también se sentía incómodo con su presencia. – Tus guardias pueden esperar fuera. Si quisiera hacerte daño, dos hombres no me disuadirían.
Los hombres de hierro hicieron una reverencia y se retiraron. Asha dobló la rodilla. – Alteza. ¿Tiene que estar mi hermano encadenado así? Parece una pobre recompensa por traerte a la chica Stark.
La boca del rey se retorció. -Tienes una lengua descarada, milady. No muy diferente que tu hermano cambiacapas.
- Gracias, Alteza.
- No ha sido un cumplido. -Stannis le lanzó a Theon una larga mirada-. Al pueblo le falta una mazmorra, y tengo más prisioneros de los que anticipé cuando paramos aquí. -Hizo un gesto a Asha para que se levantara. -Puedes levantarte.
Se puso en pie. – El Braavosi rescató a siete de mis hombres de Lady Glover. Pagaría gustosamente un rescate por mi hermano. 
- No hay suficiente oro en todas tus Islas de Hierro. Las manos de tu hermano están manchadas de sangre. Farring me está instándome a dárselo a R’hllor.
- Clayton Suggs también, no lo dudo.
- Él, Corliss Penny, todo el resto. Incluso Ser Richard aquí, que solo ama al Señor de la Luz cuando sirve a sus propósitos.
- El coro del dios rojo solo conoce una canción.
- Mientras la canción agrade a los oídos del dios, déjalos que canten. Los hombres de Lord Bolton estarán aquí antes de lo que desearíamos. Solo Mors Umber se interpone entre nosotros, y tu hermano me ha dicho que sus tropas están compuestas de chicos verdes. A los hombres les gusta saber que sus dioses están con ellos cuando van a la batalla.
- No todos los hombres adoran al mismo dios.
- Soy consciente de ello. No soy el idiota que era mi hermano.
- Theon es el último hijo superviviente de mi madre. Cuando murieron sus hermanos, eso la destruyó. Su muerte destrozará lo que queda de ella… pero no he venido aquí a rogar por su vida.
- Sabio. Lo siento por tu madre, pero no perdono las vidas de los cambiacapas. Este, especialmente. Asesinó a dos hijos de Eddard Stark. Todo norteño a mi servicio me abandonaría si mostara alguna clemencia hacia él. Tu hermano debe morir.
- Entonces hágalo por sí mismo, Alteza. -El estremecimiento en la voz de Asha hizo que Theon se revolviera en sus cadenas-. Llévele a través del lago al islote donde está el bosque de los dioses, y córtele la cabeza con esa espada mágica que tiene. Así es como lo hubiese hecho Eddard Stark. Theon asesinó a los hijos de Lord Eddard. Entréguelo a los dioses de Lord Eddard. A los viejos dioses del norte. Déselo al árbol.

Y repentinamente hubo un estampido salvaje, mientras los cuervos del maestre saltaban y aleteaban dentro de sus jaulas, con las plumas negras volando mientras se golpeaban contra los barrotes con graznidos altos y estridentes. 
- Árbol, - uno graznó, - árbol, árbol, - aunque el segundo sólo gritó, - Theon, Theon, Theon.

Theon Greyjoy sonrió. «Ellos saben mi nombre», pensó.


Excerpt from THE WINDS OF WINTER
by George R. R. Martin.



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