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Danza de Dragones

Danza de Dragones  

Capítulos en español del libro

de la saga
Canción de Hielo y Fuego


 
 


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En ésta página encontrarás dos extractos de 2 capítulos de Danza de Dragones:
 TYRION y DAVOS. 
(Spoilers, obviamente)



TYRION

A babor apareció una enorme mano de piedra bajo la superficie. Asomaban dos dedos. 
«¿Cuántos de estos habrá? —se preguntó Tyrion. Una gota de sudor frío le corrió por la espalda y lo hizo estremecer. Los Pesares los acompañaban. Al escudriñar la niebla vio un chapitel derruido, un héroe sin cabeza, un viejo árbol caído con las raíces asomando por la cúpula y las ventanas de unas ruinas—. ¿Cómo es que todo esto me resulta tan familiar? —Ante ellos, una escalera de caracol de mármol rosa salía de las aguas oscuras formando una elegante espiral que se interrumpía bruscamente a cuatro varas por encima de ellos—. No. Es imposible.» 
—Ahí delante —susurró Lemore con voz trémula—. Una luz. 
Todos miraron. Todos lo vieron. 
La Rey Pescador —dijo Grif—. O bien otra barcaza de ese estilo. —Volvió a desenvainar la espada. 
Nadie pronunció palabra. La Doncella Tímida se dejó llevar por la corriente. Habían tenido arriada la vela desde que entraron en los Pesares, de modo que solo podía ir adonde la arrastrara el río. Pato observaba con atención, con la pértiga bien agarrada. Al cabo de un rato, Yandry también dejó de empujar. Todos los ojos estaban fijos en la luz distante. A medida que se iba acercando se convirtió en dos luces, y luego en tres. 
—El puente del Sueño —dijo Tyrion. 
—Inconcebible —dijo Haldon Mediomaestre, atragantándose—. Lo hemos dejado atrás. Los ríos solo discurren en una dirección. 
—La madre Rhoyne discurre como quiere —musitó Yandry. 
—Los Siete nos amparen —gimió Lemore. 
Sobre ellos, los hombres de piedra empezaron a aullar, y unos cuantos los señalaron. 
—Haldon, llevaos abajo al príncipe —ordenó Grif. 
Era demasiado tarde; la corriente los tenía prisioneros y avanzaban de manera inexorable hacia el puente. Yandry clavó la pértiga para evitar que se estrellaran contra un pilar, y el impulso los desvió contra un tapiz de musgo gris claro. Tyrion sintió los zarcillos que le acariciaban el rostro, suaves como los dedos de una puta. Oyó un golpe a sus espaldas, y la cubierta se inclinó de manera tan repentina que estuvo a punto de perder el equilibrio y caer por la borda. 
Un hombre de piedra había saltado a la barcaza. Cayó encima del atillo con un golpe tan fuerte que la Doncella Tímida se balanceó, y rugió una palabra en un idioma que Tyrion no conocía. Tras él cayó otro hombre de piedra, este junto a la caña del timón. Los desgastados tablones de la cubierta se astillaron con el impacto, e Ysilla dejó escapar un grito. Pato, que era quien estaba más cerca de ella, no perdió el tiempo echando mano a la espada: blandió la pértiga y golpeó al hombre de piedra en el pecho para tirarlo al agua, en la que se hundió sin emitir un sonido. Grif atacó al segundo en cuanto saltó a cubierta, y lo hizo retroceder con la espada en la mano derecha y la antorcha en la izquierda. 
Cuando la corriente arrastró a La Doncella Tímida bajo el puente, sus sombras se proyectaron contra las musgosas murallas. El hombre de piedra intentó ir hacia popa, pero Pato le cortó el camino con la pértiga. Cuando trató de dirigirse a proa, Haldon Mediomaestre agitó la antorcha ante él para obligarlo a retroceder, de modo que no le quedó más remedio que caminar hacia Grif. El capitán lo esquivó y su espada relampagueó, y saltaron chispas cuando el acero mordió la carne gris calcificada del hombre de piedra, pero un brazo cayó a cubierta. Grif apartó de una patada el miembro amputado. Yandry y Pato se habían acercado con las pértigas, y entre los dos obligaron a la criatura a saltar a las aguas negras del Rhoyne. 
La Doncella Tímida
ya había salido de debajo del puente roto. 
— ¿Los hemos echado a todos? —jadeó Pato—. ¿Cuántos nos han atacado? 
—Dos—respondió Tyrion, tembloroso. 
—Tres —corrigió Haldon—. Detrás de vos. 
El enano dio media vuelta y lo vio. Se había destrozado una pierna al saltar, y bajo la tela podrida de los calzones y la carne gris que cubrían asomaba el hueso blanco astillado salpicado de sangre parduzca, pero aun así avanzó hacia Grif el Joven. Aunque tenía la mano gris y rígida, la sangre le rezumó entre los nudillos cuando trató de cerrar los dedos para agarrarlo. El chico lo miraba inmóvil, como si él también fuera de piedra. Tenía la mano en el puño de la espada, pero no parecía recordar para qué. Tyrion le dio una patada en la pierna para derribarlo y saltó sobre él al tiempo que agitaba la antorcha contra la cara del hombre de piedra para hacerlo retroceder, tambaleándose sobre la pierna destrozada al tiempo que se defendía de las llamas con las rígidas manos grises. El enano anadeó hacia él, amenazándolo con la antorcha, apuntándole a los ojos con ella. «Un poco más, venga, solo un paso más, otro. Estaban en la borda cuando la criatura contraatacó, cogió la antorcha y se la arrebató de las manos—. Mierda puta», pensó Tyrion. 
El hombre de piedra tiró la antorcha al río, y se oyó un siseo cuando las aguas negras apagaron las llamas. Entonces aulló. Era de las Islas del Verano: la mandíbula y buena parte de la mejilla ya estaban petrificadas, pero la carne que aún no se había tomado gris era negra como la medianoche. La piel se le había agrietado y roto cuando había agarrado la antorcha, y le sangraban los nudillos, pero no parecía darse cuenta. Tyrion pensó que al menos había un aspecto positivo: la psoriagrís era mortal, pero indolora. 
—¡A un lado! —le gritó alguien, muy lejos. 
—¡El príncipe! ¡Hay que proteger al chico!—gritó otra voz. 
El hombre de piedra avanzó a trompicones, con las manos extendidas. Tyrion se lanzó contra él con un hombro por delante. Fue como estrellarse contra el muro de un castillo, solo que tenía por cimientos una pierna destrozada. El hombre de piedra cayó hacia atrás, arrastrando a Tyrion consigo. Se alzó una columna de agua cuando atravesaron la superficie, y la madre Rhoyne los engulló a los dos. El frío repentino golpeó a Tyrion como un martillo. Sintió como una mano de piedra le buscaba el rostro mientras se hundían, y otra se le cerraba entorno al brazo para arrastrarlo hacia la oscuridad. Cegado, con la nariz llena de río, ahogándose y cada vez más hundido, pataleó, se retorció y luchó por liberarse de los dedos que le aferraban el brazo, pero no cedían. El aire se le escapó de la boca en burbujas. El mundo se fue tomando cada vez más negro. No podía respirar. «Ahogarse no es la peor manera de morir. —Y lo cierto era que había muerto hacía mucho, en Desembarco del Rey. Lo único que quedaba de él era su espectro, un fantasma pequeño y vengativo que había estrangulado a Shae y le había clavado una saeta de ballesta en el bajo vientre al gran lord Tywin. Nadie lloraría al ser en que se había convertido—. Seré el fantasma de los Siete Reinos —pensó mientras se hundía—. No me quisieron vivo; que me teman muerto.» Abrió la boca para maldecirlos a todos, y el agua negra le llenó los pulmones mientras caía la oscuridad en su derredor.



DAVOS

Davos sintió un aguijonazo de desesperación. «Su alteza debería haber enviado a otro, a un señor, a un caballero, a un maestre, a alguien capaz de hablar en su nombre sin hacerse la lengua un lío.» —Muerte —se oyó decir—. Habrá muerte, sí. Su señoría ya perdió un hijo en la Boda Roja. Yo perdí cuatro en el Aguasnegras. Y todo eso, ¿por qué? Porque los Lannister se han apoderado del trono. Si no me creéis a mí, id a Desembarco del Rey y mirad a Tommen con vuestros propios ojos. Hasta un ciego lo vería. ¿Qué os ofrece Stannis? Venganza. Venganza para mis hijos y los vuestros, venganza para vuestros esposos, padres y hermanos. Venganza para vuestro señor asesinado, vuestro rey asesinado, vuestros príncipes masacrados. ¡Venganza! 
— ¡Sí! —exclamó una voz aguda. Era la de la joven de cejas rubias y larga trenza verde—. Ellos mataron a lord Eddard, a lady Catelyn y al rey Robb. ¡Era nuestro rey! Era bueno y valiente, y los Frey lo asesinaron. Si lord Stannis está dispuesto a vengarlo, deberíamos unimos a él. 
—Cada vez que abres la boca me entran ganas de mandarte con las hermanas silenciosas, Wylla —dijo Manderly, atrayéndola hacia sí. 
—Solo he dicho... 
—Ya te hemos oído —interrumpió su hermana—. Niñerías. No debes hablar mal de nuestros amigos los Frey; muy pronto, uno de ellos será tu esposo y señor. 
—Ni hablar. —La chica sacudió la cabeza—. Me niego. Jamás. Ellos mataron al rey. 
—¡Te casarás con quien te digamos! —Lord Wyman tenía el rostro congestionado—. Cuando llegue el momento pronunciarás tus votos nupciales; de lo contrario, te unirás a las hermanas silenciosas y no volverás a hablar nunca más. 
—Abuelo, por favor... —La pobre chica parecía aterrada. 
—Cállate, niña —intervino lady Leona—. Ya has oído a tu abuelo. ¡Cállate! Tú no sabes nada. —Sé qué es una promesa —insistió la muchacha—. ¡Decídselo vos, maestre Theomore! Mil años antes de la Conquista se hizo una promesa, se hicieron juramentos en la Guarida del Lobo, ¡se juró ante los dioses antiguos y los nuevos! Cuando estábamos solos y no teníamos amigos, cuando nos habían expulsado de nuestro hogar y nuestras vidas peligraban, los lobos nos aceptaron, nos dieron de comer y nos protegieron de nuestros enemigos. Esta ciudad se construyó en las tierras que nos entregaron, y a cambio juramos que siempre les seríamos leales. ¡A los Stark! 
—Se hizo un solemne juramento a los Stark de Invernalia, sí —dijo el maestre, jugueteando con la cadena que llevaba el cuello—. Pero Invernalia ha caído y la casa de Stark se ha extinguido. 
—¡Porque estos los han matado a todos! 
—¿Me permitís, lord Wyman? —intervino otro Frey.
—Rhaegar. —Wyman Manderly asintió—. Siempre nos complace escuchar vuestros nobles consejos. 
Rhaegar Frey se inclinó para reconocer el cumplido. Era un hombre de alrededor de treinta años, de hombros y barriga redondeados, pero su atuendo era lujoso: jubón de suave lana gris con bordados de hilo de plata, y capa también de hilo de plata con ribete de piel de marta, que se cerraba en tomo al cuello con un broche que representaba las torres gemelas. —La lealtad es una virtud, lady Wylla —dijo a la muchacha de la trenza verde—. Espero que seáis igual de leal a Walder el Pequeño cuando os unáis a él en matrimonio. En cuanto a los Stark, se ha extinguido la linea masculina de la casa. Todos los hijos de lord Eddard han muerto, pero sus hijas viven, y la pequeña vuelve al norte en estos momentos para casarse con el valiente Ramsay Bolton. 
—Ramsay Nieve —replicó Wylla Manderly. 
—Como queráis. Sea cual sea el nombre por el que decidáis llamarlo, pronto estará casado con Arya Stark. Si sois fiel a vuestra promesa le juraréis lealtad a él, ya que será vuestro señor de Invernalia. 
—¡Nunca será mi señor! Obligó a lady Homwood a casarse con él, y luego la encerró en una mazmorra y la obligó a comerse sus propios dedos. 
Los murmullos de asentimiento recorrieron la sala de justicia del Tritón. 
—A la doncella no le falta razón —declaró un hombre corpulento vestido de blanco y violeta, que se sujetaba la capa con un broche con forma de dos llaves cruzadas—. Roose Bolton es cruel y taimado, sí, pero se puede tratar con él. Todos hemos conocido a gente peor. En cambio, su bastardo... Se dice que su crueldad raya en la locura, que es un monstruo. 
—¿«Se dice»? —Rhaegar Frey lucía una barba sedosa y una sonrisa cínica—. Sí, claro, es lo que dicen sus enemigos..., pero aquí, el monstruo era el Joven Lobo, más bestia que hombre, hinchado de orgullo y sed de sangre. Y su palabra no valía nada, tal como tuvo la desgracia de descubrir mi señor abuelo. —Extendió las manos—. Entiendo que Puerto Blanco le prestara apoyo; mi señor abuelo cometió el mismo error espantoso. Puerto Blanco y Los Gemelos lucharon hombro con hombro con el Joven Lobo en todas sus batallas, bajo sus estandartes. Robb Stark nos traicionó a todos; abandonó al norte, lo dejó a la cruel merced de los hombres del hierro para labrarse un reino más hermoso a lo largo del Tridente, y luego abandonó a los señores del río, que lo habían arriesgado todo por él; rompió el pacto de matrimonio que había firmado con mi abuelo para casarse con la primera mujer que se encontró en el oeste. ¿Un joven lobo? Un perro vil, eso es lo que era, y como tal merecía morir.
La sala del Tritón había quedado en un silencio absoluto. Davos notaba la gelidez en el aire. Lord Wyman miraba fijamente a Rhaegar como si fuera una cucaracha a la que tuviera ganas de pisar, pero de repente movió la cabeza en un asentimiento brusco que le hizo temblar la papada. 
—Como un perro, sí. Solo nos trajo dolor y muerte. Un perro vil. Proseguid. 
—Dolor y muerte —repitió Rhaegar Frey—, y este Caballero de la Cebolla os trae más de lo mismo con toda su palabrería sobre la venganza. Abrid los ojos, como los abrió mi señor abuelo. La guerra de los Cinco Reyes toca a su fin. Tommen es nuestro rey, nuestro único rey. Tenemos que ayudarlo a restañar las heridas de esta lamentable contienda. Como hijo legítimo de Robert, como heredero del venado y del león, el Trono de Hierro le corresponde por derecho. 
—Sabias y ciertas palabras —dijo lord Wyman Manderly. 
—¡No son sabias ni ciertas! —Wylla Manderly golpeó el suelo con el pie. 
—Condenada chiquilla, ¿quieres callarte? —amonestó lady Leona—. Las niñas deben ser un placer para los ojos, no un tormento para los oídos. 
Agarró a la chica por la trenza y se la llevó a rastras, sin conseguir que dejara de gritar. 
«Adiós a la única amiga que tenía en este lugar», pensó Davos. 
—Wylla siempre ha sido una niña muy testaruda —dijo su hermana a modo de disculpa—. Mucho me temo que también será una esposa muy testaruda. 
—No me cabe duda de que el matrimonio la ablandará. —Rhaegar se encogió de hombros—. Basta con una mano firme y unas palabras sosegadas. 
—Si no, siempre quedan las hermanas silenciosas. —Lord Wyman se acomodó en el asiento—. En cuanto a vos, Caballero de la Cebolla, ya estoy harto de oír hablar de traición. Me pedís que ponga en peligro mi ciudad por un falso rey y un falso dios. Queréis que sacrifique al único hijo que me queda para que Stannis Baratheon pueda plantar ese culo flaco en un trono al que no tiene derecho. No estoy dispuesto a hacer tal cosa ni por vos, ni por vuestro señor, ni por nadie. —El señor de Puerto Blanco se puso en pie laboriosamente. El esfuerzo le congestionó el cuello—. Seguís siendo un contrabandista; habéis venido a robar mi oro y mi sangre, ¡queréis llevaros la cabeza de mi hijo! Creo que seré yo quien se lleve la vuestra. ¡Guardias! ¡Apresad a este hombre! Davos se encontró rodeado de tridentes plateados antes de que le diera tiempo siquiera a pensar en hacer nada. —Soy un emisario, mi señor.
— ¿De verdad? Os habéis colado en mi ciudad como un contrabandista. Yo diría que no tenéis nada de señor, de caballero ni de emisario; que solo sois un ladrón y un espía, un mercachifle de mentiras y traiciones. Debería arrancaros la lengua con unas tenazas al rojo y entregaros a Fuerte Terror para que os desollaran vivo. Pero la Madre es misericordiosa, y yo también. —Hizo un gesto a ser Marión para que se acercara— Primo, llévate a este individuo a la Guarida del Lobo y córtale la cabeza y las manos. Quiero verlas antes de cenar. No podré probar bocado hasta haber visto la cabeza de este contrabandista en una pica, con una cebolla entre sus dientes mentirosos.


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